EL NECESARIO TRÁNSITO DE LA ÉPICA A LA REALIDAD

Gabriel Boric es el Presidente electo. Sin perjuicio que su victoria se deba a múltiples razones, el futuro Presidente habría sabido encarnar una diversidad de sentires y demandas que se identificaron con él y le dieron un rotundo apoyo.

Tempranamente, el entonces dirigente estudiantil y luego diputado, estructuró su quehacer y relato en la actividad política de manera tal que resultara menos evidente la ideología que profesa (que la tiene, por cierto) y más evidente las causas identitarias que enarbola. Gabriel Boric encarna causas y las encarna bien, generando ese nexo de identificación y reconocimiento que buscamos en nuestros representantes. El cuidado por el medioambiente, el respeto por las diversidades, la causa feminista y la de una sociedad más justa, sin abusos, fueron y son sus banderas de lucha y éxito. Por cierto, ninguna de esas causas es patrimonio, ideológicamente hablando, de la izquierda o la derecha. En el pasado, conglomerados de uno u otro sector han impulsado políticas públicas que, con énfasis diversos, buscan atenderlas. Sin embargo, en esta pasada, ellas terminaron cuasi exclusivamente identificadas con el Presidente electo y con Apruebo Dignidad.

Y es que la narrativa que ha acompañado a la promoción de estas causas es que los restantes conglomerados políticos, tradicionales, serían altos en impericia e insuficiencia en sus esfuerzos al respecto. La evidencia da cuenta de otra cosa; de sustantivos avances en todas esas materias, en la medida de lo posible, como en la política misma. Pero la política tradicional y el establishment, en el relato instalado, quedan al debe. Del saco roto se salva solo esa izquierda joven, vistosa, radical, rebelde y atractiva, capaz de llevar al poder al banquillo. Todo con mucha tribuna y apalancado, inexplicablemente, por la política tradicional. Ha primado la narrativa, cargada de épica, que encontró tierra fértil en dónde ser sembrada y con gran habilidad. Nobleza obliga a reconocerlo.

Una sociedad en la que campea la desconfianza en las instituciones y que cada vez es más frágil, emocionalmente hablando, y necesitada de bálsamos, épicas y momentos cuasi epopéyicos, hasta para las cuestiones más pedestres, solo abona para la siembra del relato. Una sociedad necesitada de héroes, que exuden superioridad moral y sean capaces de suavizarnos la dura realidad o de colmarla de agotadoras teorías de la conspiración. Y si hay héroes entonces habrá villanos a quienes echarle la culpa cuando las cosas no vayan bien (el lucro, los ricos, los abusadores, el mercado, que, cuenta la historia que instalan, conspiran para que suba el dólar, para que haya inflación y para que caiga el precio de las acciones en la bolsa). El cóctel es agitado por carismáticos y elocuentes líderes que, luego, son ungidos a la categoría de estrellas de rock, con mascotas y merchandizing incluido.

Pero la capacidad de crecimiento de los movimientos identitarios suele ser limitada ¿Cómo se explica un resultado tan masivo? Más allá de otras razones que movilizaron a las personas, hubo fenómenos capaces de multiplicar, por varios miles, su capacidad de convocar, como los movimientos estudiantiles y feministas, masivos, coloridos y rebeldes, a lo que se sumó el profundo quiebre que generó el estallido de octubre de 2019.

Pero ahora la cosa es con guitarra. La épica y la narrativa deben encontrarse con la realidad y con esa aburrida “medida de lo posible”. Más allá de la exaltación inicial de estos días, esperable, el Presidente electo habrá de tener el talante para conducir ese encuentro de los dos mundos, para comenzar a administrar expectativas, reevaluar algunas propuestas y priorizar. Administrar la épica y entender que ella no será suficiente ante una población que enfrentará duros años en términos económicos y laborales. La figura heroica debe darle el pase al liderazgo que pueda conducir las transformaciones que se han prometido con responsabilidad. A su turno, los medios y quienes participan del debate público también debemos contribuir, por el bien del futuro gobierno y del país. Rendir culto a los lideres, sobre todo en momentos en que se rediseña la institucionalidad (por un órgano, que se nos repite, “debemos cuidar”) y no saber guardar las porras y los plumeros a tiempo, nos dejará sin margen para la autodeterminación, la reflexión y el examen crítico. La convivencia se volverá agotadora de correctísimo político y la sociedad, infantilizada y adormecida, será incapaz de desafiar constructivamente lo que evidentemente deba ser desafiado. Una sociedad así solo pavimenta el peligroso camino al caudillismo, destino al que asumo no queremos arribar.

Columna de Natalia González, Directora de Asuntos Jurídicos y Legislativos, publicada en El Mercurio.-