Tratados de Libre Comercio: ¿Somos amigos o no somos amigos?

La DIRECON -creada el 10 de enero de 1979, hoy reemplazada por la Subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales, SUBREI- trabajó de manera incesante para incorporar nuestra economía al mundo globalizado, a través de la rebaja unilateral de aranceles iniciada en los setenta y a partir de los noventa con acuerdos de libre comercio. Así se logró el primer Acuerdo de Alcance Parcial el año 1991 con Argentina (ACE N° 16); la incorporación al Foro de Cooperación Económica del Asia Pacífico (APEC) en 1994; la entrada en vigencia de los Tratados de Libre Comercio con Estados Unidos el 2004 y China el 2006; la formación de la Alianza del Pacífico el 2011; la firma de los Acuerdos de Libre Comercio con Argentina (2017) y Brasil (2018), entre varios otros.

Tal como lo señala SUBREI, en el año 1960, nuestras exportaciones al mundo sumaban US$ 490 millones, de las cuales el 87% correspondía a envíos mineros, compuestos por cobre, salitre y hierro; esto es, en la práctica, un país monoexportador, como es Venezuela en la actualidad en relación al petróleo. En la actualidad, nuestras exportaciones bordearán los US$ 100 mil millones, cerca de un tercio del PIB, en donde somos el principal exportador mundial de ciruelas frescas, manzanas deshidratadas, ciruelas deshidratadas, erizos de mar, nitratos de potasio, algas, mejillones en conserva, filete de salmón y trucha, yodo y litio, celulosa de coníferas y cátodos de cobre.

Este cambio sustancial no es un milagro. Es un programa. Un programa de conexión a la economía global iniciada durante los setenta y en donde cada gobierno ha perseverado. De esta manera, en la actualidad, Chile tiene 30 Acuerdos de Libre Comercio, que incorporan a 65 economías que representan el 88% del PIB mundial y 5 mil millones de personas.

Es tan nítido el beneficio que ha traído a Chile la apertura comercial, que ha generado profunda preocupación la propuesta del candidato Boric de renegociar estos acuerdos para imponer clausulas adicionales.

Sin duda, un Acuerdo de Libre Comercio puede ser perfeccionado y de hecho muchos de ellos incluyen las denominadas Cláusulas Evolutivas, en donde a partir de un cierto plazo, 10 años habitualmente, es posible que las partes se reúnan para negociar cláusulas que permitan abrir nuevas oportunidades de comercio e inversión, como lo es eliminar una barrera arancelaria que no fue incorporada en el acuerdo original. Por ejemplo, en el TLC Chile-China, China mantuvo el arancel a  las importaciones de arroz y por tanto en una futura negociación, Chile podría plantear la posibilidad de que arroz chileno pueda tener una rebaja arancelaria al ingresar a la economía china. De esta manera, la renegociación es para crear nuevo comercio, no para cerrar mercados que ya estaban abiertos.

De igual manera, es posible renegociar aspectos laborales y medioambientales, en la medida que incrementen la protección a los mismos. De esta manera, no es posible, reducir el cuidado ambiental o legalizar el trabajo infantil, ya que ello generaría una reducción de costos de producción en relación a la regulación vigente en el momento del acuerdo original.

El problema es que Boric probablemente no está pensando en estos aspectos al renegociar los acuerdo, ya que su programa de gobierno señala: “La Subsecretaría de Relaciones Económicas deberá revisar los acuerdos comerciales que estén en vigencia para evaluar su pertinencia en el marco de un nuevo modelo de desarrollo turquesa (verde y azul), feminista y descentralizador”.

Como todo en el programa de Boric, este párrafo puede significar nada o mucho, pero poner en riesgo la red de acuerdos de libre comercio que Chile ha tejido por décadas me parece una irresponsabilidad mayúscula.

Columna de Tomás Flores, Economista Senior de LyD, publicada en El Líbero.-