CHILE DESPERTÓ, PERO PARA CAER POR LA RODADA

A dos años del 18 de octubre de 2019, el tiempo le ha ido dando la razón a quienes se pararon con escepticismo frente a todo lo que ocurriría después. Es lamentable, pero no sorprendente. Y es que ningún acuerdo alcanzado con ese grado de vicio del consentimiento –la fuerza-, la que una y otra se legitima y glorifica, puede terminar bien. Menos aún si se persiste en despreciar, intencionalmente, a las fuerzas de orden público -como si ellas fueran enemigas de la patria y de los chilenos- y si se romantiza a los violentos que, cual mártires, habrían de merecer un indulto por su sacrificio político.

Tampoco si se persiste en derrocar por la fuerza de la calle -o del Parlamento- a un gobierno legítima y democráticamente electo. Es curioso combinar en una misma frase fuerza y deliberación cuando representan conceptos opuestos. Pero es que al Congreso ya no lo mueve la razón, sino la fuerza de sentirse todo poderosos y que olvida el bien común. Desde el 18-O, el Parlamento se desató. Por ahí algunos expertos dicen que es culpa del Ejecutivo que ha perdido toda capacidad de manejo político y de control. Puede ser cierto, pero me encantaría que nos dijeran como es que, en este contexto, en que de facto se derrocó al gobierno en 2019, se controla a un conjunto de políticos a quienes los limites nos les rigen y que, como la calle desenfrenada, legislan eufóricos por saltarse todos los cercos posibles, en todos los ámbitos de la política pública. Y a eso súmele el descaro de que acusan constitucionalmente a otra magistratura de incumplir la ley y de faltar a la probidad cuando es el Congreso el que desde 2019 no sabe del Estado de Derecho y ha cometido el cohecho del siglo con los retiros de los fondos de pensiones. Pero es el Presidente a quien sientan en el estrado acusándolo de faltar a sus deberes. Dantesco

La Convención, por su parte, al darse sus primeras reglas, se saltó las reglas, y no hay quien la detenga. A su turno, envía señales alarmantes de su compromiso con el principio de que el Estado debe estar al servicio de la persona. Una indicación, de miembros del Frente Amplio, entre otros, intentó eliminar el principio pro persona del reglamento, sin éxito. Sobrevivió, pero con un error garrafal: el principio consagrado permite que cuando se restrinjan derechos fundamentales la restricción pueda ser la más amplia posible. Aberrante. Cuando se restringen Derechos Humanos la lógica es restringirlos en la menor medida posible y nunca afectando su esencia, pero la Convención prefirió perseverar en el error, rechazando una indicación de Chile Vamos que intentaba revertirlo ¿Qué podría salir mal? Persistentemente, además, la Convención abunda en su ánimo de pautear al Congreso, actual o futuro. La regulación detallada del plebiscito dirimente no solo ejerce una indebida presión a los poderes legislativos, sino que además le marca por completo la pauta sobre como la Convención tolerará que se legisle al efecto. Y es que el reglamento ya establece cómo hacer el plebiscito dirimente, cuándo hacerlo, quién participa, etc. ¿Tendrá el Congreso agallas para no legislar sobre el punto porque le parece un mal mecanismo para resolver las diferencias, o al menos para hacer cambios a la pauta que ya le fijó la Convención?

Y la guinda de la torta, como si necesitáramos más, es el nivel de la contienda presidencial. Es de tan baja estofa que da vergüenza, sobre todo si se considera la magnitud de los problemas que enfrenta el país. Mientras avanza el deterioro de la economía y de los mercados financieros; la incertidumbre jurídica e institucional, la violencia constante y sonante -con la que los candidatos presidenciales de la izquierda coquetean-; el terrorismo en La Araucanía; los enormes desafíos que deja la pandemia en educación, empleo, innovación y adaptabilidad de nuestra regulación a la adelantada revolución tecnológica; el forado fiscal, la debacle en las pensiones y la imperiosa necesidad de crecer para que realmente haya dignidad, los presidenciables retroceden al enfrascarse en peleas vulgares que a la ciudadanía no solo no le importan, sino que la deprimen. El infantilismo y el bajo nivel no solo da rabia, sino que pánico.

Nos estamos farreando el país que habíamos construido. Desde el peldaño del pesimismo, solo me queda apostar a que los artífices de la política pública por venir, y a que la Convención, nos dejen con el barro hasta el ombligo y no hasta el cuello para poder salir, en el mediano plazo, del pantano en el que nos metimos un 18-O.

 

Columna de Natalia González, Directora de Asuntos Jurídicos y Legislativo, publicada en El Mercurio.-