EL BANCO CENTRAL: UNA EXCEPCIÓN EN UN ENTORNO CONFUSO

Los momentos críticos, tanto a nivel personal como social, pueden ser una oportunidad para salir fortalecidos. Pero si la reacción es caótica y confusa, se puede comprometer gravemente el futuro. Esta posibilidad aumenta cuando existen grupos que desean cambiar en forma radical la estructura de la sociedad y están dispuestos a destruir lo existente, con la esperanza de construir, algún día, algo que creen será mejor. A modo de ejemplo, en estos días se ha defendido un cuarto retiro de los fondos de la AFP, argumentando que ellas son instituciones que deben desaparecer. Con el fin de lograr dicho propósito no importa lo que suceda con las pensiones ni con el bienestar general.

Los cambios que se originan en Sudamérica a partir de la depresión de los 30, transformaron a un continente que se perfilaba como el Continente de la Esperanza, en uno de permanente frustración.

La aparición del SARS-CoV-2 y la reacción de los gobiernos para enfrentar las consecuencias de esta nueva enfermedad, que desgraciadamente será endémica, puede llegar a tener impactos similares para más de un grupo humano.

No solo los confinamientos provocaron una de las caídas de producto más profundas y simultáneas que se conoce, sino que también han permitido la adopción de medidas antes impensables en planos muy diferentes. Chile lleva 18 meses viviendo con toque de queda y los ciudadanos han debido recurrir a una Comisaría Virtual para salir de su hogar. Las intervenciones de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo han llegado a niveles sin precedentes. Prácticamente el total de la emisión neta de bonos del gobierno italiano los ha adquirido el BCE. El déficit fiscal de EE.UU. ha llevado a que su deuda supere el 100% del producto.

A pesar de facilidades y apoyos de diversa índole, muchas empresas, al igual que los individuos, tienen dificultades económicas que las han llevado o llevarán a la insolvencia. El sector servicios, que depende en mayor medida de la interacción entre personas, está entre los más afectados.

El impacto final de este doloroso proceso dependerá de al menos dos factores. Por un lado, esta crisis se produce en un momento en que los cambios tecnológicos están permitiendo intercambios de ideas y conocimientos en una escala antes desconocida. El potencial de innovación y aumentos de productividad que esto tiene es inmenso y, paradojalmente, los confinamientos han ayudado a que se aceleren. Ello nos permite tener una mirada optimista del futuro una vez que la humanidad se acomode a convivir con este nuevo patógeno entre nosotros.

Pero, como mencionamos anteriormente, una reacción confusa ante una crisis puede comprometer gravemente el futuro. Desde esa óptica, la realidad es muy distinta en las distintas geografías.

Suecia, por ejemplo, que desde un primer momento indicó que deberíamos aprender a convivir con una nueva patología, minimizó el impacto en distintas áreas -educación, producto, daño a la solvencia de personas y las empresas- y no comprometió mayormente su posición fiscal y monetaria. La posibilidad de que se produzca un punto de inflexión que impacte el largo plazo es muy baja. Afortunadamente tampoco experimentó efectos sanitarios por la pandemia más graves que el resto de Europa.

China, el primer país en sufrir el impacto del virus, acentúo su estrategia de control rígido de la población. No se visualiza que ello tendrá efectos negativos en el corto plazo en el plano económico. Pero si ese control se extiende, como parece ser el caso, a intervenir cada vez más en las empresas creativas y dinámicas y a consolidar un régimen de mayor personalismo, la mirada de largo plazo es más pesimista. Por el tamaño de su economía ello no solo es mala noticia para su población sino también para el mundo entero.

En EE.UU. la llegada del Covid-19 vino a ratificar que es un país donde se pueden expresar libremente una gran diversidad de enfoques y estrategias. Probablemente en ello radica su principal fortaleza. Pero el mayor protagonismo que han tenido las instituciones gubernamentales, en un contexto de confinamiento decidido según los liderazgos políticos locales, ha generado una oportunidad para quienes buscan un mayor protagonismo del Gobierno Federal. La consecuencia ha sido no solo el gasto fiscal y expansión monetaria mencionados anteriormente, sino un debate político que busca transformar en permanente parte de los nuevos programas. Así como en los años 30 el Gobierno Federal vio aumentar su relevancia, hoy algunos esperan convertirlo en el eje de un Estado de Bienestar.

El impacto económico más inmediato a considerar es la posible relación entre la expansión monetaria y la inflación observada recientemente. Las últimas mediciones muestran un IPC de EE.UU. de 5,4% en 12 meses. Incluso en Europa el índice ha mostrado niveles del 3% a nivel regional, siendo superior en Alemania con un 3,9%.

Las autoridades han indicado que estiman que este fenómeno es transitorio, producto de lo que han llamado “cuellos de botella” causados por los confinamientos.

Hay dos elementos que debieran llevarnos a estar atentos y cuestionar este diagnóstico. A diferencia del pasado, los apoyos entregados han ido directamente a los individuos. En Chile ello también es cierto y potenciado además por los retiros de los fondos de las AFP. Por ahora parte de esos recursos han sido ahorrados, pero es dudoso que ello sea permanente en la proporción actual. Por otro lado, ninguna de las diversas autoridades, insertas en un entorno político, quiere ser la primera en dar la mala noticia que la política expansiva no puede continuar. Al Presidente de la FED le vence su período a comienzos del próximo año y probablemente le gustaría mantenerse en el cargo. La Presidenta del Banco Central Europeo, con experiencia política a su haber, no debiera ser la más propensa a tomar un liderazgo en estas materias.

En una mirada de largo plazo, es difícil evaluar los efectos de los intentos de seguir el camino europeo en la economía norteamericana. Obviamente depende de lo que se logre concretar finalmente y de la manera que se haga. Recordemos eso sí que es en el país del norte donde principalmente la innovación y creatividad toman forma de nuevos bienes y servicios. No se vislumbra quien lo podría sustituir si deja de cumplir ese rol.

Para Chile la coyuntura es especialmente crítica. No solo ha debido convivir con el SARS-CoV-2, que lo ha llevado a tomar todo tipo de medidas excepcionales en distintos planos. En el país ello se potencia con las consecuencias de la violencia que llegó a su apogeo en octubre del 2019 y con la decisión de elegir una Convención Constituyente que debe proponer una nueva Constitución.

En ese contexto, no solo la situación fiscal se ha deteriorado notablemente con un déficit efectivo estimado superior al 7 % del PIB este año. Además, se ve muy complejo que se cumpla el plan de recuperar la senda de déficit estructural. Es difícil imaginar que la situación política lo permita.

Pero lo más grave es la confusión e incertidumbre que genera la acción de los líderes políticos. Ya se ha destacado en otras oportunidades la proliferación de disposiciones legales de carácter populista. Se olvida que los problemas no se solucionan con disposiciones legales, sino creando, invirtiendo y produciendo. Desgraciadamente esto es cada vez más difícil en Chile. El comportamiento de la Convención Constitucional ha agregado mayor incertidumbre. Es simbólico el caso de la situación de vida ficticia que construyó uno de sus miembros y que le sirvió de estandarte para ser elegido. Da la impresión de que, sin caer en esos extremos, varios de sus colegas demuestran la misma desconexión con la realidad.

En medio de esta confusa situación, el Banco Central es una excepción. Ha sido determinante en amortiguar el impacto de la crisis en las personas y las empresas, siempre con una actitud racional y mesurada. En los últimos días ha explicado con claridad los efectos de las propuestas en discusión y ha tomado medidas para preservar la estabilidad sin temor a las críticas.

Conviene destacar que, si bien las disposiciones constitucionales y legales le facilitan al BC la tarea, finalmente son las designaciones de personas adecuadas efectuadas por las autoridades políticas en el pasado y el ambiente cultural interno, lo que explica que pueda cumplir bien su rol. Lo más grave que ha pasado en el país es que sus líderes han dejado de actuar con sentido común. Sin que ello se revierta no hay esperanza de progreso.

 

Columna de Hernán Büchi, Miembro del Consejo Asesor de LyD, en El Mercurio.-