EL MODELO, LA DESIGUALDAD Y LO QUE VIENE

Quienes estamos convencidos que hasta el 17 de octubre de 2019 nuestro país había vivido 30 años muy positivos en democracia y que lo necesario para resolver los problemas que tenían los chilenos era volver al crecimiento económico interrumpido en los últimos cinco años, tenemos la obligación de explicar por qué las últimas elecciones parecen desmentir nuestra convicción. Es una cuestión de honestidad intelectual.

Los resultados de las últimas elecciones, en efecto, mostraron primero en el plebiscito una abrumadora mayoría a favor de aprobar la redacción de una nueva constitución; luego, en la elección de constituyentes y alcaldes, un indesmentible giro a la izquierda y especialmente un rechazo a las elites del país que habían participado en la construcción del Chile de hoy.

Para explicar esta aparente contradicción voy a tomar prestado un concepto de mi amigo Gonzalo Cordero que sirve para ilustrar muy bien lo que ha pasado en Chile. Lo que Cordero afirma es que nuestros adversarios políticos lograron instalar la idea de que el modelo económico había sido amañado por las elites en beneficio de unos pocos y en perjuicio de la mayoría de los chilenos, que eran víctimas de éste. Así las cosas, el malestar que sentían los chilenos podía aliviarse de una sola manera: cambiando la Constitución que sostenía este modelo y permitía los abusos; las últimas elecciones muestran lo arraigada que está esa percepción en la mayoría de los chilenos.

Pero eso no quiere decir que ese relato corresponda a la verdad, o que tenemos que empezar a adoptarlo, como creen algunos políticos de alcance reducido. Son innumerables los argumentos para demostrar que la realidad es muy distinta. El ex ministro de Hacienda de Bachelet, Rodrigo Valdés, entrega uno concluyente al demostrar que el 20% más pobre de la población ha aumentado sus ingresos más del doble de lo que lo hicieron los chilenos del 20% más rico entre 1990 y 2015. La tesis del modelo económico amañado ha sido construida por un discurso constante del Partido Comunista y del Frente Amplio, apoyados desde los medios de comunicación por influyentes y poderosos periodistas ideologizados que simplemente ignoran los datos, y alentados por el silencio que otorga de políticos de centroizquierda que gobernaron durante la mayor parte de ese período. Ese discurso no cayó en tierra fértil mientras los chilenos de todas las condiciones aumentaban su calidad de vida, pero empezó finalmente a germinar cuando la economía se estancó; los salarios no subieron y las deudas sí lo hicieron; la mayoría de los empleos fueron ocupados por inmigrantes; y se hizo realidad aquello de que el dinero no alcanzaba para que muchas familias chilenas llegaran a fin de mes.

El resto es materia conocida. La pregunta que cabe hacerse ahora es qué hacer frente a esta percepción de los chilenos. No es aconsejable políticamente que la única reacción sea seguir atrincherados diciendo que es equivocada, pues ello demuestra cierta insensibilidad hacia un sentimiento mayoritario. Por ejemplo, una cuestión válida a plantearse es si uno está conforme con el grado de desigualdad que hay en Chile.

En mi caso personal, y no pretendo dar consejos a nadie, mi respuesta es que no estoy contento con el grado de desigualdad que hay en Chile. Quisiera que hubiese mayor igualdad de ingresos; pero quisiera también que esa mayor igualdad fuera consecuencia de más productividad de quienes hoy tienen salarios más bajos. Ello porque creo que es más sustentable una mayor igualdad de ingresos obtenida como fruto de más valor agregado al proceso productivo, que una mayor igualdad que proviene de subsidios entregados por el Estado. Esta última tiene dos grandes defectos: 1) en la entrega de subsidios gubernamentales una parte queda siempre en la uña de los políticos, y 2) los beneficiados por los subsidios terminan siendo clientes cautivos de políticos que no tienen interés alguno de que ellos superen su condición.

La solución fácil que se ha ofrecido a los chilenos: cambiar la Constitución y el modelo, va a fracasar irremediablemente, como ha fracasado en todas las latitudes y en todo tiempo. Es nuestro deber convencer a los chilenos que el camino no va por ahí, sino por proveer a todos las herramientas para ganar salarios dignos y exigir del Estado la entrega de servicios acordes a la inmensa cantidad de recursos que administra, y tantas veces malgasta.

 

Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo, publicada en El Líbero.-