Crecimiento y bienestar

El objetivo de alcanzar un crecimiento económico alto y sostenido, al parecer, dejó de ser un objetivo político deseable. Por el contrario, quienes sostenemos que es un requisito previo indispensable para cualquier mejora en la calidad de vida de todos, somos acusados de 'economicistas', insensibles y anclados en ideas pretéritas. Más desacreditados aún, si osamos constatar que a través de la historia el impulso creador ha sido la permanente creatividad e innovación de la iniciativa privada.

El primer síntoma del desprestigio del crecimiento ocurrió durante el gobierno de la Nueva Mayoría, que renunció a este como prioridad, porque lo importante ya no sería la creación de riqueza, sino la distribución de lo ya existente, para lograr la igualdad material. En este sentido, 'todos más pobres, pero iguales' parece haber sido la consigna. Hoy día los programas de ambos candidatos de Apruebo Dignidad confirman que el país tiene poco que esperar de ellos en este campo. Su lectura no permite percibir, ni en el diagnóstico ni en las propuestas, nada que haga referencia a la necesidad de un incremento de la riqueza del país. Al contrario, la propuesta de un 'Estado Emprendedor' y propietario, que no solo regula, sino que asigna los recursos, determina las áreas y prioridades de inversión y se transforma en el principal gestor del desarrollo, permite augurar un retorno a la economía centralizada del siglo pasado, cuya característica principal fue su incapacidad para lograr un incremento de la riqueza que permitiera superar la pobreza y todas las carencias materiales, como la mortalidad infantil, la desnutrición, el analfabetismo, los escasos años de escolaridad, el limitado acceso a la educación superior y las bajas expectativas de años de vida.

El crecimiento económico, que se define como el aumento en la producción de bienes y servicios, normalmente se mide en cifras monetarias, que son por definición abstractas; por lo tanto, tienen poco significado para la persona común. Esto produce una desconexión mental que no permite entender su relación con el bienestar. Evidentemente, no es un fin en sí mismo, pero es el único instrumento que nos permite alcanzar mejores condiciones de vida, pues todos los fines que los seres humanos perseguimos —buenos empleos, mejores salarios, salud, educación, seguridad pública, justicia, infraestructura, protección social, vivienda, cuidado del medio ambiente, comunicaciones— tienen un costo y exigen recursos, los cuales no tienen existencia previa, no están ya dados, listos para ser distribuidos, sino que deben ser creados. Es más, es la única forma conocida de terminar con el hambre y la miseria o de lograr los desarrollos científicos y tecnológicos que han ido mejorando nuestra calidad de vida.

De hecho, durante miles de años de existencia, y hasta hace solo doscientos años, las economías no crecían o cada aumento era devastado por una nueva peste o hambruna. La precariedad era tan persistente que no era imaginable siquiera que la pobreza no fuera inevitable. La economía era un juego de suma cero y la única forma de ser más rico era que otro fuera más pobre, pues la riqueza era estática y limitada. Con la Revolución Industrial se produce uno de los cambios más relevantes de la era moderna en relación con la naturaleza de la riqueza: de ser acotada pasó a ser dinámica, dejó de ser un bien ya dado y puede y debe ser creada por el esfuerzo y el trabajo del hombre. El principio económico de la escasez, que nos indica que las necesidades son infinitas y los recursos limitados, seguirá siendo válido. Sin embargo, al menos sabemos y nos consta que los países pueden crecer, y lo hacen, no tanto a través de preceptos constitucionales, sino más bien por medio de aquellas políticas públicas que comprobadamente fomentan la creación de riqueza.

 

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera, publicada en El Mercurio.-