LA DECLARACIÓN DE LOS 34

“Estamos ante un nuevo ciclo histórico en Chile. Este cambio, así como el proceso constituyente que lo acompaña, no se lo debemos a nadie más que a la fuerza ineludible y desbordante con que nos hemos levantado como pueblos. (….) Nos llamamos a hacer efectiva la soberanía popular de la constituyente, expresada tanto en el reglamento como en las normativas que debe darse, sin subordinarnos a un Acuerdo por la Paz que nunca suscribieron los pueblos (…). Nos llamamos a sacudir, una vez más, la pesada normalidad con la que se pretenden imponer condiciones políticas antidemocráticas para el desarrollo de este proceso. Los pueblos movilizados lo hemos dicho con plena claridad: la normalidad siempre fue el problema”.

Estos son algunos pasajes de la declaración de la “Vocería de los Pueblos”, suscrita por 34 convencionales electos. Se trata de una declaración preocupante y riesgosa, aun cuando la hayan suscrito cerca de un 20% del total de convencionales electos y de la serie de falacias que contiene. Y es que la fuerza de su narrativa y de quienes están disponibles a apoyarla, puede terminar por convertirla en normal y cierta. Si algo hemos aprendido, espero, es que no debemos menospreciar la fuerza del relato y de la anomía. Nos guste o no, en este país, que cambió, ellas pesan más que la ciencia y la norma. Minimizar la fuerza de esta declaración sería un grave error. Más aun en el contexto actual, en que la defensa del Estado de derecho es poco sexy y parece importarle solo a un puñado de ciudadanos (que, por lo demás y como bien me recordó un amigo, son apuntados con el dedo como defensores del statu quo).

Para que la falacia no se torne en algo natural y evidente debemos permanentemente desenmascararla. En un Estado de derecho, como el nuestro -aun, al menos- la Convención existe porque el Congreso acordó, por 2/3 de sus miembros en ejercicio, una reforma constitucional que habilitó un proceso constituyente reglado, el que fue aprobado por los chilenos en el plebiscito de entrada. La Convención debe funcionar bajo las reglas, de forma y fondo, definidas por el Congreso y contenidas en la Constitución. La Convención y los convencionales deben subordinarse a ella, les parezca o no. La Convención está llamada a cumplir un solo objetivo cual es acordar una propuesta de nueva Constitución, dentro del plazo establecido, la que debe ser sometida a plebiscito. La Convención no tiene otras atribuciones ni puede condicionar su misión a que se haga eco de sus peticiones. En otras palabras, la apreciación personal de los constituyentes por las reglas establecidas no es tema. Si lo es, entonces el proceso constitucional es un delirio y un engaño a los chilenos.

Pero no es suficiente hacer ver una y otra vez la falacia. Es crucial que una gran mayoría, visible y activa, no solo de convencionales, sino de actores públicos y por, sobre todo, de actores y líderes políticos, de todos los sectores, sean capaces de dejar esta declaración en una anécdota. Por ahora, no lo es, es un hecho político relevante y los interesados en desestabilizar el proceso, que de por sí es incierto, la inflarán y harán crecer. Aquí no basta invocar las normas y defender el Estado de derecho. Aquí se necesita un relato político potente que lo avale, bien porque en el Estado de derecho está la defensa de nuestras libertades, o bien porque solo su respeto posibilita que se concrete el proceso constituyente, tan anhelado por ellos. Sea cual sea la razón, esto es un tema político. Solo si las fuerzas políticas tradicionales se unen en el respeto a la normalidad, el proceso constituyente y la política tendrán una oportunidad. Si, en cambio, se obnubilan con el relato revolucionario, lo comprenden y contextualizan, como hace un par de años, el futuro será oscuro.

Si la política no entiende el rol imprescindible que debe jugar será “sacudida”, como dice la declaración, por la revuelta, sin consideración. Y es que, para los declarantes, la política que habilitó el proceso constituyente no es otra cosa que “la pesada normalidad”. “Los pueblos movilizados lo hemos dicho con plena claridad: la normalidad siempre fue el problema”. Si nuestros políticos quieren que el proceso constituyente, que han buscado por años, no fracase deben arremeter con fuerza en contra de esta narrativa, sin miedo. Si se limitan a poner sobre la mesa, como amenaza, el fracaso del proceso, serán derrotados pues para los convencionales declarantes, me parece a mí, el fracaso del proceso (concebido por la pesada normalidad) es su triunfo. ¿De qué lado estará la política esta vez?

Columna de Natalia González, Directora de Asuntos Jurídicos y Legislativos, publicada en El Mercurio.-