La Derrota

Los diagnósticos de las derrotas, y vaya que fue derrota la última elección, suelen asignar las culpas al resto, dejando intacta la propia humanidad. Por honestidad intelectual trataré de no hacer eso. Es evidente que el malestar de la mayoría de los chilenos que acudieron a las urnas es mayor que aquel que en la derecha y en la elite pudimos percibir. La prolongación de la pandemia y sus efectos sobre los ingresos y el ánimo de los chilenos contribuyeron a una suerte de escalamiento del malestar que terminó en esa votación.

La derecha no tuvo una explicación simple y creíble que ofrecer a los chilenos, como alternativa a la que en definitiva se impuso: las aflicciones de la población fueron culpa de la desigualdad, del sistema “neoliberal” y de la Constitución. La superioridad del trabajo político de la izquierda y la invaluable ayuda que tuvieron de la televisión contribuyeron decisivamente a instalar esto, que, si bien no se sostiene en la evidencia, se transformó en el sentimiento predominante. En la derecha nunca hubo una defensa de lo realizado en treinta años; luego del estallido el gobierno sólo atinó a pedir disculpas, validando el diagnóstico del adversario, pero no ofreció soluciones. La centroizquierda no se hizo cargo de haber gobernado la casi totalidad de esos treinta años y también recibió su castigo electoral.

Hubo en las elecciones un voto de castigo a toda autoridad (gobierno), políticos y elites y un voto de premio a independientes y candidatos con arraigo en el territorio. La derecha no sólo abandonó sus ideas, como hemos reclamado algunos, sino que abandonó a su gente. La abandonó porque sus dirigentes no tuvieron la vivencia del impacto de la caída de ingresos en los últimos cinco años, ni la imposibilidad de encontrar empleo en un mercado laboral deprimido y con feroz competencia de migrantes, y, especialmente; porque no sufrieron tanto la ausencia del gobierno en la protección a los ciudadanos frente a la delincuencia e incluso el narcotráfico. Todo esto pasó en los últimos cinco años, mientras las deudas seguían creciendo. Las ayudas estatales en la pandemia tuvieron dificultad para llegar a los independientes y a la clase media. Así, lo de los tiempos mejores, fue una promesa incumplida que se vio como una burla.

La respuesta no es el populismo. Reconocer que la gente se sintió abandonada no significa aprobar las malas medidas que políticos promueven y aprueban hoy. Dejar a la gente sin pensión es agravar el problema y no solucionarlo. En la derecha tenemos que trabajar más con la sociedad civil para comprender los dolores de la gente, e idear soluciones de verdad a sus problemas. Y eso se logra, paradojalmente, haciendo más política, sin abandonar la razón. El voluntarismo de los cambios que propone la izquierda llevaría a mucho sufrimiento en Chile, la derecha no puede rendirse.

Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo, publicada en La Tercera.-