Dele, dele…

Quienes llevamos años manejando alguna vez hemos experimentado la sensación que el acomodador que nos “asesora” en la maniobra de estacionar el auto no está demasiado atento. Alguna vez esto termina mal, con un choque o topón, y el asesor se hace el leso. Hay muchos chilenos, especialmente periodistas y políticos, que frente a la situación económica que enfrenta el país nos dicen: dele, dele.

Cuidado con estos asesores. El Imacec de -5,3%, menos malo que meses anteriores, alienta a algunos a decir que la economía chilena no enfrenta peligros. Los próximos meses habrá Imacec positivos, ya que las cifras se compararán con el nefando período del “estallido” que dejó sin trabajo a cientos de miles de chilenos honestos. Algunos se muestran incluso contentos con el retiro de fondos desde las AFP (el 10% que no es 10%). Como este retiro que llega ya a 18.000 millones de dólares ha mejorado las cifras de consumo, especialmente bienes durables, televisores, automóviles y hasta departamentos (lo que demuestra que el retiro no se diseñó para hacerse cargo del hambre como dijeron sus propiciadores); los diputados que han impulsado esta medida, Pamela Jiles y Matías Walker, afirman ahora con ignorancia supina que fue buena para la economía.

Por supuesto esos 18.000 millones de dólares, más los que vengan por otros retiros, tendrán que ser repuestos para pagar pensiones a gente que se quedó sin dinero en sus cuentas. Probablemente esas pensiones serán menores, como ocurre en sistemas de reparto donde cada vez menos trabajadores financian a los pensionados y tendrán que financiarse con nuevos impuestos porque el estado no crea riqueza. De pasada, habrán deteriorado el mercado de capitales chileno.

Las pensiones son sólo una de las cosas que destruyen los “dele, dele.” Parlamentarios tramitan ahora una ley que prohíbe el corte de electricidad hasta marzo a cualquier persona que deje de pagar la cuenta, sin límite de consumo. Las empresas tendrán que subsidiar a los ricos que dejan de pagar la cuenta.

En todos los sectores se propician medidas que dañan los incentivos a producir riqueza, Chile se ha soltado las trenzas y eso tendrá una consecuencia: más pobreza. Una de las principales víctimas han sido las cuentas fiscales. Nuestra austeridad fiscal, que otrora se jactaba de su balance estructural, se deteriora día a día. Ya no tenemos superávit estructural en las cuentas fiscales a partir del año 2013 en que hay déficit estructural creciente que el año 2018 llegó a -1,5%. La deuda bruta que era cercana al 12% el año 2010, llegó a 24% a fines del gobierno de Michelle Bachelet, será de 36% el próximo año y se empinará a 45% en 2025. Un deterioro acelerado que nos llevará a pagar 3.500 millones de dólares anuales en intereses, más de los que se gasta en la gratuidad en educación superior y mucho mayor a los 2.000 millones que pagamos ahora. ¿Cómo se financiará todo esto? Los “dele, dele” tienen la respuesta: más impuestos. La Tax Foundation nos clasifica en el penúltimo lugar entre los 36 países de la OCDE en competitividad tributaria. El deterioro ha sido rapidísimo. En impuestos corporativos, los más dañinos junto a los del trabajo por su efecto en la creación de riqueza, bajamos en 5 años del quinto lugar al 32, luego de un aumento de nuestra tasa de 20 a 25 mientras el promedio de la OCDE bajó del 25,4 a 23,2 pese a que somos de los 3 países más pobres de la organización. Y los planes son subir más los impuestos: camino seguro a años de mayor privación para los chilenos.

 

 Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo, publicada en Diario Financiero.-