CHILE Y EL SEÑOR DE LAS MOSCAS

Por estos días, nuestro país vive una enardecida decadencia. A propósito, he recordado el libro “El Señor de las Moscas” de W. Golding. La novela, profunda y compleja, relata la historia de un grupo de niños, únicos sobrevivientes de un accidente aéreo, en una isla deshabitada. Uno de ellos, Piggy, que en la obra encarna la madurez y racionalidad, junto a su amigo Ralph, encuentran una gran concha de caracol. Advirtiendo que pasarán muchos días previo a ser rescatados, consideran preciso organizarse y usar la concha de caracol para convocar a los demás niños en la isla, en asambleas, y así consensuar reglas para distribuir las tareas propias de la sobrevivencia y resolver las cuestiones de convivencia. Los niños establecen una suerte de democracia en la isla.

Al poco andar, sin embargo, los niños a cargo de la cacería comienzan a mostrar poca disposición a colaborar, a generar fantasías sobre una bestia en la isla -que termina estando en ellos mismos- y a mostrar rasgos de incivilidad. La trama se desencadena hacia la degradación total. En un pasaje, el grupo de cazadores usurpa sus anteojos a Piggy, instrumento vital para hacer fuego y alertar sobre la presencia de los niños en la isla (en otras palabras, el poder). Ante el intento de aquel por recuperar sus gafas, uno de los niños de la tribu cazadora deja caer deliberadamente sobre Piggy una roca que lo golpea de muerte, al tiempo que pulveriza la alegórica caracola. En la historia, cargada de simbolismos, el episodio representa el comienzo de la pérdida total de racionalidad, orden y civilidad. Tras el suceso, se desencadena el caos total. El grupo va ahora por Ralph, al que pretenden cazar como un cerdo salvaje. Cuando los pequeños eufóricos están a punto de consumar el acto fatal, un oficial de la marina inglesa, alertado por el fuego que los niños habían encendido para acorralar a Ralph, los encuentra y detiene el salvajismo final. Desechos en lágrimas y reclamando la pérdida de la inocencia, los niños vuelven a su condición de tales, avergonzados e incrédulos de la vorágine que los arrastró hasta ahí.

Durante estos meses, no he podido dejar de hacer paralelos entre todos los símbolos presentes en el libro y el veloz deterioro por el que atravesamos. Hubo señales previas, sin duda, pero las minimizamos. Como los niños (solo que no lo somos) no advertimos la real amenaza. Y así, en menos que canta un gallo, esa democracia robusta y esas instituciones que funcionaban se están escurriendo como agua entre los dedos. A cambio, el país está siendo preso de una euforia febril. En la calle, es la violencia, el temor y el triste quiebre de los proyectos de vida de muchos. En nuestras instituciones, es el tono (revanchista) de la política y la forma y fondo de las políticas públicas en discusión. Hay una verdadera embriaguez, liderada por quienes detentan posiciones de poder, que afecta severamente el proceso de toma de decisiones y así nuestras vidas. Se ha perdido la altura de miras y el coraje para reivindicar el derecho a discrepar o para defender el Estado de Derecho en el que nos asilamos como garante contra la arbitrariedad. Es cierto que han existido amenazas a quienes muestran posiciones distintas, pero éstas, en vez de ser enfrentadas, subyugan a quienes las sufren, los que entonces vuelven al rebaño que, aunque equivoca el camino y no soluciona los problemas de las personas, los asila en el anonimato del grupo temporalmente popular, ese que intenta convencer a la ciudadanía que todo es posible y que los recursos son infinitos. Quienes enfrentan a la turba, sufren, simbólicamente, el destino de Piggy o terminan acorralados como Ralph.

En cualquier caso, estamos inmersos en un carnaval grotesco. Hemos tolerado todo tipo de salvajadas populistas, que emergen de todos lados, incluidos los intentos de derrocar gobiernos democráticos. Lo más grave es que parece que todavía no le tomamos el peso. O creemos que aún somos el jaguar de Latinoamérica -en que las instituciones funcionaban- y confiamos que será esa trayectoria la que nos dé un empujón para salir de esto, o ponemos las fichas en el proceso constituyente porque necesitamos no perder la esperanza. Pero para que ello sea factible es imperativo que los dirigentes dejen de tirar el mantel cada vez que existe un conflicto. Los problemas sociales de los chilenos solo se agudizarán si la borrachera continúa. Siempre podremos llorar y arrepentirnos, como esos niños, pero a diferencia de ellos somos personas reales y adultas, algunas de ellas a cargo de liderar los destinos de la nación.

Columna de Natalia González, Directora de Asuntos Jurídicos y Legislativos, publicada en El Mercurio.-