En la variedad y libertad está el gusto

Al presentar el IPOM, el presidente del Banco Central señaló que la pandemia y el estallido de octubre nos dejará una economía con un retroceso de al menos 7 años. Señaló que para recuperar siquiera lo perdido en el último año nos queda un largo camino, lleno de desafíos y riesgos. Así hizo hincapié en la necesidad de recuperar el empleo, reducir significativamente la incertidumbre, revitalizar las inversiones y elevar la capacidad de crecimiento de largo plazo. En tanto, se dieron a conocer los resultados de la Encuesta Social COVID-19 del Ministerio de Desarrollo Social, junto al PNUD y al INE, que caracteriza los efectos socio económicos de la crisis sanitaria en los hogares chilenos. Los resultados muestran, ente otros, que el 49% de las familias declara no tener ingresos suficientes para solventar sus gastos. Sobre la situación laboral, un 38,4% de los hogares disminuyó el número de personas ocupadas y el 27,4% de los hogares encuestados no tiene a ninguno de sus integrantes ocupado. Antes de la pandemia, esa cifra era de un 13,9%.

Todo lo anterior da cuenta de la magnitud del desafío que enfrentamos, a lo que se suma la incertidumbre constitucional que eventualmente se abrirá en octubre, por dos años (mientras que las verdaderas urgencias y necesidades de las personas estarán en otros temas). Como si todo lo anterior no fuera suficiente, preocupa sobremanera el contexto en el que enfrentaremos estos desafíos. Más allá de la violencia, que será un tremendo factor de incertezas, me refiero al rompimiento de ciertos consensos, claves para ponernos de pie. Y es que, de un tiempo a esta parte, nuestra sociedad parece extraviada en cuanto al valor del trabajo y del esfuerzo personal. Desafortunadamente, la autonomía y la libre iniciativa de los individuos hoy son valores “que no la llevan” dada la agresión constante que se efectúa a los derechos individuales, entre los que se encuentra el derecho de propiedad (sin el cual los demás derechos que se ensalzan son letra muerta). Lo único moralmente válido para nuestra sociedad hoy pareciera ser la consecución de la igualdad ¡Que el individuo se distinga y sea diverso ha pasado a ser motivo de vergüenza nacional!

Lo que hay detrás, no obstante, no es más que un esfuerzo persistente de ciertos sectores por desprestigiar las ideas de la libertad y el respeto irrestricto por el proyecto de vida de cada uno, el que asocian, mañosamente, a un supuesto egoísmo. En la consigna, intencionalmente omiten que la persecución de los intereses individuales no es contraria a la obtención del bienestar social.  Al revés, en los intercambios voluntarios que se producen en el mercado (con la debida institucionalidad para resguardar esa característica), ambas partes se benefician pues el valor que cada uno asigna a lo que intercambia es distinto y subjetivo. La persecución del propio interés beneficia así a otros también. En una economía de mercado los empresarios sólo serán exitosos si producen bienes o servicios que a los demás consideren útiles.

Ahora bien ¿Pueden proliferar esos intercambios virtuosos, la innovación y el mayor bienestar en un contexto en el que majaderamente se insiste en condenar al que triunfa y al que obtiene una legitima ganancia producto de su trabajo? ¿Pueden ellos prosperar si permanentemente se ponen cortapisas regulatorias y tributarias o si se generan incertidumbres normativas a las bases del intercambio, como está ocurriendo con el derecho de propiedad? No.

Si la sociedad y los jóvenes se compran el cuento de que es ilegitimo y egoísta perseguir el propio interés, aspirar a la diversidad, destacar y emprender, o terminan haciéndolo con mucha culpa y sin orgullo alguno por lo que hacen, estaremos ante un problema mayúsculo, más aún ante los desafíos que enfrenta nuestro país. No habrá más inversión, emprendimiento e innovación, esenciales para ponernos de pie y para alcanzar el anhelado bienestar, si la sociedad verdaderamente no reivindica con fuerza, en los hechos y en las normas, el valor del esfuerzo, la diversidad y del emprendimiento y la empresa. Si cada uno de nosotros no detiene, en las comunidades en las que se desenvuelve, la funa constante a estos valores, estaremos derrocando las bases de una sociedad cohesionada y del progreso ¿O acaso usted cree que en sociedades altamente desarrolladas, innovadoras y emprendedoras la creencia generalizada es que el mérito y el esfuerzo son disvalores? La verdad es que el descredito de la libertad, la diversidad y del esfuerzo solo nos convertirá en una sociedad mediocre de la que no derivará bienestar alguno.

Columna de Natalia González, Directora de Asuntos Jurídicos y legislativos de LyD, publicada en El Mercurio.-