POPULISMO, BUENISMO Y COBARDÍA

¿Por qué si un proyecto de ley es malo, como lo reconoce la casi unanimidad de las personas que algo entiende del tema de pensiones, un 60% de los diputados le da su aprobación?

Una explicación tiene que ver con la forma en que los parlamentarios conciben su función. Si ellos hubiesen leído a Edmund Burke, quizás comprenderían mejor que si bien dar una opinión es derecho de todos los hombres; la de los electores es una opinión de peso y respetable.

Pero eso no está pasando en la política chilena, que vive una grave crisis de liderazgo: en el gobierno y por sobre todo en los partidos. La mayoría de los políticos cree que su tarea es amplificar la opinión superficial, que no es capaz de discernir sobre un problema complejo; que achaca la causa de una dificultad a algo o a alguien “malo”, que perjudica a los “buenos”, que son las personas afectadas. Esa opinión se sostiene reiteradamente en un matinal de televisión por periodistas y conductores que sólo son capaces de articular una idea simple, pero un político no debiera repetirla como un lorito, si tiene algún respeto por si mismo.

Así las cosas, no importa si el proyecto resuelve o no el problema. Si alguien, muy comprensiblemente, reclama una carencia o una situación injusta, debe accederse a su demanda, aunque esa respuesta no resuelva su necesidad, pudiendo incluso agravarla. Pero al aprobar que se pueda retirar dinero del fondo de pensiones se ha escuchado el clamor del pueblo y ello se celebra carnavalescamente, de manera grotesca a veces, como el carnaval lo exige. Ello, aunque las personas se vean perjudicadas por la medida y en el futuro tengan pensiones más malas que las actuales; porque un país más pobre pagará pensiones más pobres y esta ley empobrece al país.

Cuando una sociedad opta por esa manera de hacer las cosas, inevitablemente retrocede, la gente sufre, los más desposeídos viven más carencias. Por algo en el mundo son muchos más los países pobres que los ricos. Pero esa sociedad se empobrece, además, porque el nivel de su discusión se degrada, se imbeciliza, se simplifica hasta el extremo. Y el líder populista, que surge de esa política, halagará a las masas, a su “pueblo”, criticará a las elites, a las que, por supuesto, él pertenece; y seguirá alejando a la nación del camino al bienestar, que no es otro que el del trabajo, el esfuerzo y el mérito bien recompensado.

Pero el político que sigue ese camino es sobre todo cobarde. Entre los diputados de derecha que aprobaron la reforma constitucional que tramposamente cambia la ley de pensiones, circulaban videos con manifestaciones violentas de la noche anterior. El populista es cobarde, no lidera sino se deja arrastrar por el grito de la masa. No tiene una propuesta para resolver el problema, sólo mucho miedo de no complacer a los que vociferan.

 

Columna de Luis Larraín, Presidente del Consejo de Libertad y Desarrollo, publicada en La Tercera.-