Simplemente, no sé

Envidio a las personas que solo tienen certezas y ninguna duda y pueden verlo todo en blanco y negro, con el convencimiento absoluto de poseer la verdad y la virtud. Debe ser muy tranquilizador no atravesar por ese inmenso desierto que es el conocimiento humano, plagado de incertidumbres, en el cual florecen más preguntas que respuestas, verdades parciales, siempre provisorias y temporales. En esta pandemia los dogmáticos han abundado: políticos, alcaldes, la presidenta del Colegio Médico, dirigentes sociales —todos ellos con agendas propias— con verdaderos "cerebros mágicos", que pontifican desde un púlpito, sin vacilación, cuál es la forma incuestionable de enfrentar esta crisis, denunciando cualquier medida que contradiga su propia suposición.

El problema es que sobre el covid-19 sabemos muy poco, y de cómo enfrentarlo, aún menos; y no existe una verdad última respecto de la naturaleza de este virus, de cómo se comporta o cómo se confronta, pues hasta ahora los datos, muy incompletos, solo permiten intuir, probar y rectificar. Qué duda cabe que el conocimiento más avanzado en este tema lo tienen los científicos. Sin embargo, para delimitar nuestras expectativas, es necesario recordar la naturaleza del conocimiento científico, para lo cual nada mejor que evocar las teorías de Karl Popper. Para este, el conocimiento científico es siempre conjetural, basado en hipótesis que deben ser sometidas, no a reiteradas verificaciones, sino expuestas a falsificación, porque no es en la comprobación de los supuestos que el conocimiento avanza, sino en su refutación: constatar que todos los cisnes son blancos no arroja ninguna nueva luz, pero buscar hasta encontrar un cisne negro, sí nos permite saber más acerca del mundo natural. Es por esto que son consustanciales al pensamiento científico la humildad intelectual y la disposición a la equivocación, porque ninguna hipótesis puede ser probada correcta el cien por ciento de las veces y siempre puede ser modificada o rectificada. Y si esto se aplica a las llamadas "ciencias exactas", con mucho mayor razón a las humanidades y, sobre todo, a la política.

No hay posibilidad de evitar errores y riesgos, porque las preguntas esenciales sobre el covid-19 aún no tienen respuesta. Según Matt Ridley, no hemos podido dilucidar con suficiente exactitud cómo este virus se expande y, por lo tanto, saber qué parte de las cuarentenas totales son eficaces y cuáles no, o si el cierre total es mejor que la "inmunidad del rebaño", con cuarentenas parciales y segmentadas. Meses después del inicio de esta pandemia, dice, "navegamos en una neblina de ignorancia cometiendo errores", porque en este tema no existe "la ciencia". "La epidemiología de un virus nuevo se aclara gradualmente y casi siempre en retrospectiva". No sabemos con certeza si el virus se transmite por el aire o por el tacto; no sabemos por qué unos contagiados enferman gravemente y otros solo pierden el gusto y el olfato, y otros son asintomáticos; o si los niños sean vectores, ni si los viejos son más vulnerables por edad o por enfermedades subyacentes; nadie, en ningún país del mundo, puede afirmar con exactitud cuál ha sido el número real de contagiados o la verdadera cifra de mortalidad; no sabemos por qué en diferentes países se comporta en forma distinta e incluso lo hace entre una región y otra del mismo país; no sabemos si el virus muta o si ya ha mutado; tampoco si al enfermar se adquiere inmunidad o si va a venir una segunda ola tan grave como la actual.

Y a pesar de ello, a los gobernantes se les exige infalibilidad, sin ningún margen para el error, cuando la verdad es que ellos solo pueden tomar decisiones con la información existente y el consejo de quienes de verdad conocen mejor el tema: los científicos, pero con todas las limitaciones que sus conocimientos tienen hoy.

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera de Libertad y Desarrollo publicada en El Mercurio.-