LIBERTAD EN TIEMPOS DE PANDEMIA

La crisis ha permitido constatar que el temor de muchos a la exaltación de las emociones por sobre la racionalidad, a la sobrevaloración de la subjetividad por encima del conocimiento especializado y al desprecio por “los expertos”, era una aprensión muy fundada. Las emociones siempre han sido malas consejeras para la toma de decisiones, porque tienden a predominar los sentimientos reñidos con la vida en comunidad: la ira, el miedo, el odio, los prejuicios viscerales, el resentimiento, la envidia y el egoísmo.

En tiempos de crisis, como lo es una guerra o una pandemia como la que hoy enfrentamos, las emociones negativas tienden a exacerbarse. Y así ha ocurrido. Tenemos héroes altruistas en la lucha contra el virus, pero predomina una población asustada, angustiada y rabiosa frente a lo incontrolable, lo desconocido e impredecible. Esto ha agudizado el egoísmo y la falta de consideración por los demás. Y, claro, no faltan los políticos, entre ellos varios alcaldes, que apelan —como lo han hecho históricamente siempre los líderes populistas— a ese miedo, tanto más fácil de encender que de apagar por medio del complejo expediente del pensamiento crítico, informado y basado en datos objetivos demostrables. En este contexto, no podemos sino agradecer que la conducción de la crisis sanitaria haya estado en manos de expertos en salud pública y epidemiología, que se haya basado en consideraciones científicas, que haya rehuido el instinto de complacer las demandas, a veces irracionales, de la población y que, además, esta estrategia esté siendo reconocida, hasta ahora, como especialmente eficaz.

Otra reflexión se refiere a la importancia de la libertad individual y su devenir en tiempos de crisis. El liberalismo, a diferencia, por ejemplo, del marxismo, no es una ideología rígida de aplicación universal. La mayoría de los pensadores liberales aboga por la existencia de la máxima libertad individual compatible con la vida en sociedad. Pero se reconoce la dificultad de definir cuál debe ser el mínimo inviolable, pues sus fronteras siempre se mueven, y aquello compatible con la vida en sociedad también cambia. Y nunca más que en tiempos de guerra o de pandemias. Durante la Segunda Guerra, en Inglaterra, la cuna del habeas corpus, se conculcaron por un largo tiempo, sin juicio ni apelación, los derechos y libertades de miles de personas —muchas totalmente inocentes— simplemente por parentescos con alemanes o sospechas de posible cooperación con el enemigo. Hoy, muchas de nuestras libertades fundamentales, de movimiento, de asociación, de propiedad sobre segundas viviendas, de trabajo, de comercio, incluso la práctica religiosa en lugares públicos, están siendo conculcadas en beneficio de la vida en comunidad. Lo importante, junto con acatar las disposiciones que se nos imponen, es asegurarse de que sean las mínimas y necesarias, compatibles con la salud, pero también con la no menos importante supervivencia material, y que ellas sean íntegramente restauradas tan rápido como las circunstancias lo permitan.

Muchos presentan al individuo y la comunidad como dicotómicos, pero la sociedad requiere de la cooperación; no está conformada por individuos atomizados, pues el ser humano depende de la colaboración, tanto como de la competencia, para sobrevivir. Pero asimismo las personas, en forma libre e individual, son capaces de canalizar sus intereses propios en una dirección socialmente beneficiosa; y eso es lo que genera la confianza para prosperar.

En fin, siendo hoy Viernes Santo, en que el mundo cristiano conmemora la muerte de Jesús, a quien todos pueden reconocer, al menos, como un hombre sabio, vale la pena recordar que su mensaje de igualdad en dignidad y de amor al prójimo puede ser una muy buena guía de conducta para la pandemia.

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera Emérita de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-