APRENDIENDO A CONVIVIR CON EL VIRUS

El 31 de diciembre pasado se informó del primer caso de COVID-19. En Occidente, la vida siguió con toda normalidad hasta la última semana de febrero, cuando Italia inició una cuarentena focalizada, la que pocos días después, el 8 de marzo, se extendió a todo el país. Tanto es así, que el 19 de febrero desde la ciudad de Bérgamo, un tercio de la población se movilizó hacia un evento futbolístico en Milán. Dichas zonas se constituirían, en pocos días, en el principal foco de la epidemia.

La importancia de los eventos masivos para la propagación explosiva del virus ya se conocía. A principios de febrero se produjo un gran contagio en el seno de un grupo religioso en Corea del Sur.

Sin embargo, en España, el país más afectado de Europa junto con Italia, el 8 de marzo se congregaron decenas de miles de personas por el Día Internacional de la Mujer, siendo especialmente masivo en Madrid. Una semana después el gobierno debió adoptar medidas de emergencia, que hasta la fecha tienen inmovilizada a gran parte de la población.

En solo dos meses la mayoría de la humanidad pasó de la normalidad a convivir con distintos grados de confinamiento. No todos los países han actuado de la misma manera. En Europa, Suecia se basa más en la acción de ciudadanos informados y la prohibición de eventos específicos y masivos. En cierta forma, es similar a lo que han realizado Corea, Taiwán y Singapur en Asia. España e Italia son quienes han aplicado un mayor grado de restricciones forzosas. Alemania, Suiza, Austria, etc., se encuentran en puntos intermedios. Del mismo modo existe una graduación equivalente entre los diferentes Estados de EE.UU. En Latinoamérica, los vecinos de Chile, Perú y Argentina, han optado por medidas coercitivas amplias, mientras nuestro país ha tenido un programa más focalizado y flexible.

No es de extrañar que mientras más restrictivas las medidas de la autoridad y más alto el grado de temor de los ciudadanos, mayor sea también el impacto económico. El mundo vio caer su economía cerca del 15%, a ritmo anual desestacionalizado durante el primer trimestre, lo que debiera repetirse en el trimestre actual, por la rotación de la caída desde China a Occidente. Si se logra una normalidad relativa el segundo semestre, comparado con el año anterior, el producto mundial podría disminuir hasta un 4% este año. No se experimentaba un deterioro equivalente desde la Segunda Guerra Mundial.

Estado Unidos, con una estructura laboral flexible, lo que es una gran fortaleza de su economía, está pasando de los niveles de desempleo más bajos en décadas, especialmente para las minorías, a más de 26 millones de solicitudes de seguro de desempleo y un nivel de cesantía que bordeará el 20%. Es el cambio más violento del que se tenga registro.

El petróleo simboliza también en buena forma lo que está sucediendo. De una demanda diaria de 100 millones de barriles, el consumo ha descendido a 70 millones de barriles diarios en abril. Es natural, entonces, que su precio haya caído dramáticamente, pero ese efecto, sumado a la toma de posición de quienes veían una oportunidad en ese bajo precio anticipando un segundo semestre normal, produjo la bizarra situación de que existan precios futuros negativos ante la escasez de lugares de almacenamiento.

Es imprescindible detenerse un minuto para precisar que los impactos económicos no son irrelevantes para la vida. La intrincada red de acciones voluntarias de millones de individuos, aquello que a veces se denomina economía, es lo que permite que la humanidad viva más y en mejor forma. Cuando se mira hacia atrás, las recesiones y peor aún las depresiones, tienen un elevadísimo impacto en expectativa y calidad de vida. Para evitar mantenerse en un plano demasiado abstracto, conviene visualizar las dificultades de millones de personas cuyos problemas de salud están siendo postergados por la emergencia. Más dramático aún es el caso de quienes por alguna situación preexistente o simplemente debido a su edad, han visto llegar el fin de su existencia aislados y sin contacto con sus seres queridos.

Esta realidad debiera llevar a las sociedades a buscar soluciones que permitan manejar la epidemia sin destruir el potencial de progreso. Desafortunadamente no faltarán aquellos que ven en la crisis la oportunidad de cambiar la realidad, persiguiendo su propia utopía. Para ellos puede ser valioso, que las empresas colapsen, el desempleo se dispare y la gran mayoría dependa del gobierno para una mísera subsistencia, sin importar su alto costo, como tampoco importó en la construcción del comunismo. Es imprescindible que esa vehemencia, que nace de la convicción de tener una visión superior a los demás, no impida a Chile tomar decisiones eficaces y oportunas.

Cada sociedad debe actuar según su particular situación. Sin embargo, hay elementos comunes. El 10 de marzo la Canciller Merkel, sorprendió al mundo advirtiendo con mucha franqueza que el COVID-19 afectará entre el 60% y 70% de los alemanes. Sin vacunas ni nuevos tratamientos, es una realidad que no podemos evitar y que será un efecto común. El autoengaño y la demagogia son inútiles.

La experiencia de Corea, Milán y Madrid muestran que existen episodios que permiten al virus avanzar explosivamente. Los sistemas de salud en esas circunstancias se ven sobrepasados y el caos es la consecuencia.

Estos dos meses han permitido conocer algo mejor el virus y su comportamiento. También debieran haber dado tiempo para preparar los sistemas de salud. Por ello, varios países han iniciado un proceso paulatino que permita algún grado de normalidad de funcionamiento a la sociedad, mientras la epidemia las recorre a una velocidad compatible con la capacidad de atención. Hace unos días la Canciller Merkel indicó que su país iniciaba ese camino. No es el único, y varios países de Asia, incluido China, ya lo están transitando, cada uno con las características propias de su cultura y régimen político.

En este tiempo se ha confirmado que el virus, además de que en ciertas circunstancias puede propagarse explosivamente, afecta especialmente a las personas mayores y con comorbilidades. Es el caso también en Chile. Datos preliminares de Santa Clara, California, y del pueblo de Gangelt en Alemania, indican que existe una gran cantidad de personas que han sido afectadas y no se detectaron. Hasta 50 veces más que los registrados. Con ello la mortalidad sería bastante menor que la aparente a la fecha, aunque mayor que la de la gripe común. Como referencia la letalidad de la Gripe Aviar H5N1 se acerca al 60%. Al menos dos órdenes de magnitud mayor y afecta a jóvenes y menores.

Sin embargo, el recorrido del virus por la población es todavía escaso. En Gangelt, un punto caliente de la epidemia en Alemania, gatillado posiblemente por las festividades de carnaval en febrero, alcanzaría un 15% y en la ciudad de New York otro punto neurálgico, datos preliminares indican un 21%. En ambos casos muy por debajo del 60% o 70% que otorga inmunidad de grupo. Aún queda mucho camino para que el virus circule. Cada país debiera intentar tener sus propias mediciones para conocer su realidad. Alemania está en ello, Chile también debiera hacerlo. También es importante conocer hasta qué punto los niños son vectores de la enfermedad. Los datos no son concluyentes y una mejor información podrían facilitar el diseño de la vuelta a la normalidad en las escuelas.

Lo que debe ser común en cada estrategia es diseñar un esquema práctico de distancia social para cada actividad, detectar a los portadores, aislarlos a ellos y sus contactos, testeos amplios para facilitar lo anterior y mejorar la capacidad de atención médica de los afectados. Finalmente se debe tener la flexibilidad para aumentar las restricciones en las áreas en que aparezcan brotes inesperados.

Adicionalmente, una adecuada información es indispensable para que la ciudadanía coopere con el proceso y las empresas y trabajadores deben ser parte fundamental de él. Otros países ya están en el camino indicado. Chile parece ser uno de ellos. Solo si una parte importante de los países lo transitan, en el segundo semestre se hará realidad la recuperación que Chile y el mundo necesitan.

Columna de Hernán Büchi, Consejero de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-