Salus populi suprema lex

La salud es hoy la ley suprema. Variadas son las lecturas del primer principio del Derecho Romano, dicen, acuñado por Cicerón. Se reacomodan instituciones, valores, liderazgos y presupuestos para salvar la salud de los pueblos. Para sobrevivir se renuncia voluntariamente a las libertades y a derechos fundamentales; se impone la observancia del orden público y se revaloriza la disponibilidad de policías y militares; absurdas aparecen reglas de la economía como el equilibrio presupuestario y las relaciones de endeudamiento respecto del PIB; cambian radicalmente las prioridades en producciones y servicios, artículos suntuarios y de lujo se degradan; un ventilador que permite respirar a quienes están afligidos con neumonía no tiene precio posible de pagar; por sobre todo, los presupuestos para la salud reciben recursos que antes fueron negados y recontratan funcionarios desvinculados por redundancia; y, ante la incertidumbre, se impone la humildad sobre la soberbia.

Los nuevos héroes son los médicos, enfermeras y trabajadores de la salud; no es posible dimensionar el reconocimiento que recibirán quienes logren producir la vacuna y tratamientos del coronavirus. Los jefes de Estado deben presentarse acompañados de expertos médicos para lograr la confianza y el beneficio de la duda sobre su gestión. Los Estados, y no las organizaciones internacionales, tienen los medios sanitarios disponibles. La crisis muestra las debilidades de la organización global. Países cierran fronteras unilateralmente, impiden el ingreso de extranjeros, prohíben la exportación de equipos médicos mientras eliminan impuestos para importación de los mismos; se niegan a compartir medios para combatir la pandemia. Contra toda lógica, sálvese quien pueda parecería ser la máxima internacional por el momento. La Unión Europea ha sido reticente a solidarizar financieramente con Italia, el más afectado entre sus miembros.

Por motivos de salud de los pueblos, la cooperación mundial tendrá que cambiar, y ya se nota. Xi y Trump están dando el paso inicial, después de recriminarse mutuamente y concentrarse en una guerra comercial. Es una vergüenza que la coordinación, liderazgos y recursos mundiales de la crisis financiera de 2008 no estén disponibles para esta tragedia. Trump, Macron, Merkel, Conti y muchos otros dicen estar en guerra, todos ejercen poderes excepcionales. Por ahora aumentan sus popularidades, sin ganar la batalla. Más bien imponiendo orden. No deben olvidar que, en 1945, un Churchill victorioso luego de conducir a su pueblo y al mundo a ganar la guerra fue derrotado en las elecciones. Los balances electorales se hacen cuando terminan las batallas, atendiendo a lo que viene después de la guerra. En Gran Bretaña, por el empobrecimiento resultante de aquella, se impuso la creación de un Servicio Nacional de Salud (NHS) fortalecido.

Columna de Hernán Felipe Errázuriz, Consejero de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-