La incertidumbre del COVID-19

Hacia fines del año pasado y comienzos del actual, la economía mundial mostraba signos alentadores. Las negativas expectativas generadas por las disputas comerciales y las tensiones geopolíticas se habían disipado: tanto EE.UU. como Europa y China proyectaban un 2020 de crecimiento y los países emergentes, en particular del Sudeste Asiático, se recuperaban con fuerza. Dicho entorno era favorable para Chile, que vivía su propia realidad de violencia e incertidumbre política.

Tres meses después todo es diferente. La aparición del Covid-19 y el desconocimiento de su real magnitud, hacen imposible visualizar el futuro con algún grado de certeza. A lo más podemos imaginar escenarios alternativos, la gran mayoría de ellos muy complejos.

La incertidumbre tiene al menos tres fuentes: primero, las características del virus, su agresividad y propagación. En segundo término, el comportamiento de las personas a lo largo del tiempo según su grado de temor o incluso pánico y, por último, como aplicarán los gobiernos el monopolio de la fuerza para imponer el aislamiento.

Si la epidemia es menos crítica, el impacto sobre el progreso futuro de ciertas disposiciones y comportamientos extremos pueden igualmente dislocar el tejido social y generar una crisis de larga recuperación. A la inversa, si es mucho más agresiva, ese hecho en sí mismo provocaría heridas que afectarán a las familias por años. El desafío es real y el dilema existe. Deberá ser resuelto a nivel individual y colectivo, pero desgraciadamente afloran con mucha facilidad los posicionamientos ideológicos que dificultan enfrentar la compleja situación en mejor forma.

Un ejemplo de lo anterior se ve en la idea del gobernador de Nueva York, de nacionalizar las compañías de la cadena de suministro médico. Como demócrata quiere un sector público más grande y ve una oportunidad para ello. Si sinceramente creyera que eso sería más eficiente, debería tener la cabeza fría y analizar lo que las empresas ya están haciendo y jamás harían los burócratas.

Como ejemplo, Honeywell y 3M están produciendo aceleradamente máscaras N95. Mientras General Electric y las automotrices se preparan para producir respiradores artificiales, cervecerías y destiladoras empiezan a elaborar líquidos para desinfectar. Los ejemplos se multiplican.

Cuando se declara una cuarentena es imposible hacerlo sin mantener operando sectores que se estiman esenciales. Salud, alimentos, comunicaciones, etc. Pero la línea es difícil de trazar y debido a que todo está interconectado, se necesitará incorporar cada vez más sectores, ya que de lo contrario aquellos estimados esenciales colapsarán. Pero en estas definiciones siempre hay un criterio subjetivo y es allí donde se puede ver nuevamente florecer la ideología. En Los Ángeles, California, los residentes podrían seguir adquiriendo marihuana en los negocios que tienen su correspondiente licencia. 

Respecto a las tres fuentes de incertidumbre antes indicadas, analizar cada una de ellas vale la pena para esbozar algunos escenarios futuros de la economía.

Del virus aprendemos rápidamente. Pero aún subsisten grandes incógnitas que permiten visualizar resultados opuestos. Por una parte, usando sus propios parámetros un modelo del Imperial College en Londres predice una importante mortalidad, debido especialmente a que no existirían suficientes respiradores para atender a quienes los necesitarían si la epidemia se concentra en el tiempo. Por ello postula mantener restricciones severas por un tiempo prolongado. En distinto sentido, expertos de Oxford, estiman que un grupo muy importante de la población se inmunizaría sin efectos notorios en su salud. En ese caso, hay esperanzas que el proceso sea mucho más rápido.

Medir el grado de inmunidad de la población y su evolución ayudaría a conocer mejor la realidad y actuar con más precisión causando menos daño.

Sabemos que es un virus nuevo para el cual no hay aun inmunidad, vacunas ni tratamiento. Situación similar a la de la Fiebre Española en 1918, que tuvo dos oleadas adicionales y costó la vida al 2% de la población, especialmente a los jóvenes. Se calcula que fallecieron 40 millones de personas a lo largo del tiempo. 

Pero hay grandes diferencias entre aquella época y hoy. Antes no existían los antibióticos para tratar las complicaciones, y probablemente hoy habrá vacunas en un mediano plazo. Existe además un gran número de tratamientos en análisis y alguno de ellos podría ser eficaz. La enfermedad hoy castiga principalmente a las personas mayores, especialmente si tienen problemas de salud previos. Según los datos de Corea, la tasa de mortalidad es prácticamente nula para menores de 30, es muy baja hasta los 50 años y aumenta hasta llegar al 10% en los mayores de 80.  Los datos de Italia son más dramáticos para las personas de edad, pero desafortunadamente no se pueden usar de referencia, pues la falta de equipos adicionales obligó a darle preferencia a los más jóvenes. Duro dilema el que debió enfrentar la sociedad italiana.

Respecto de la segunda fuente, el comportamiento de las personas es preciso recordar que la velocidad y abundancia de información permite que todos conozcamos minuto a minuto el número de enfermos y las fatalidades en todo el mundo. Hace pocos días 573.000 y 26.000 respectivamente. Es imposible no estar impactado por ello. 

Más adelante, la realidad permitirá ponerlo en perspectiva y considerar que en el mundo fallecen hasta 150.000 personas al día. En Italia, en promedio, lo han hecho 1.800 diarias en los últimos años y probablemente unos 68.000 adultos mayores fallecieron en exceso por causa de la gripe entre el año 2013 y 2017. Es razonable esperar que, con el paso de las semanas, y cuando se experimenten con más fuerza los importantes costos de las medidas excepcionales, disminuirá el estado de ánimo actual de temor.

Finalmente, las decisiones de los gobiernos son parte relevante de la incertidumbre. Su incentivo natural, ante una población temerosa, es tomar decisiones a veces drásticas e inevitablemente cargadas de su visión ideológica. En realidad, no importa si estas son realmente las más adecuadas. Importa más aparecer actuando. Desgraciadamente sin vacunas ni tratamiento, evitar los contactos aparece como la única opción disponible.

Sin embargo, las sociedades funcionan en base a un incontable número de contactos y transacciones entre millones de individuos en cada momento. Interrumpir esa dinámica, especialmente si es por un período sostenido, provocaría efectos dramáticos en la vida de muchos.

En Chile, el 22% son trabajadores por cuenta propia y otros tantos dependen de pequeñas empresas. El desempleo aumentará. En EE. UU el último dato disponible de solicitudes de seguros de desempleo se elevó a 3.3 millones de personas. El peor dato registrado había sido menor a 900 mil personas en 1982.

Los mercados han reaccionado ante la incertidumbre: las bolsas se desploman, el crédito desapareció y todos luchan por liquidez. Es correcto que las autoridades monetarias reaccionen y eviten un colapso. De igual modo lo es que el Fisco respalde a los que han sido afectados, sean trabajadores, emprendedores o demás ciudadanos. Ello no es ni paternalismo ni rescate. Es intentar que los costos, que se incurren en aras de un beneficio colectivo, no lo sufran exageradamente algunos. Pero este esfuerzo tampoco puede sostenerse indefinidamente.

Es indispensable que las restricciones extremas no perduren demasiado. Sea porque la sociedad tiene menos temor, o porque los pronósticos más dramáticos no se cumplen, o porque nuevos tratamientos eficaces se desarrollan. Finalmente, también ayudaría que el gobierno diseñe mejores métodos menos disruptivos para lograr el distanciamiento social.

Si lo anterior se logra y en el intertanto se evita una crisis financiera y se impide la insolvencia del aparato productivo, podemos hacer una proyección razonable de la economía en el corto plazo. El primer trimestre será de fuertes caídas, China habría caído 40% a ritmo anual desestacionalizado. El segundo será el turno de EE.UU. y Europa de ver grandes retrocesos y China se recuperaría. Finalmente, el tercer trimestre el mundo retomaría un ritmo más uniforme.

En Chile la secuencia en el tiempo podría ser similar y ojalá al final del camino no regrese a su realidad de discordia.

Para algunos el escenario descrito puede parecer optimista. Imaginemos entonces lo que un escenario pesimista puede significar.

Columna de Hernán Büchi, Consejero de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-