Coronavirus: Precariedad humana y ciencia

El Presidente Reagan sostenía que una invasión alienígena terminaría con los nacionalismos y divisiones que impiden solucionar crisis mundiales. Entonces los terrícolas se unirían frente a una amenaza mortal para su especie. Lo señaló en las negociaciones nucleares con Gorbachov. En Naciones Unidas fue más pesimista: recordó al nobel de literatura William Faulkner, quien, respecto a un desastre atómico, sostuvo que el último sonido que se escucharía en la tierra sería el de los dos únicos humanos sobrevivientes, discutiendo sobre el destino de la nave espacial para abandonar el planeta.

No deberíamos esperar una guerra nuclear o extraterrestre para enfrentar unidos una tragedia humanitaria como el coronavirus.

No es el caso de los tsunamis, terremotos, inundaciones, sequías y hambrunas, que son catástrofes locales. Esta epidemia es una crisis que afecta a toda la humanidad. Otra vez surgen incompetencias, intereses particulares y nacionalismos de líderes políticos, países y organismos incapaces de convenir acciones conjuntas, de anticipar, informarse y dar prioridad a los riesgos de pandemias. Prefieren organizarse y gastar infinitos recursos para contingencias que no son mortales, como las financieras, cibernéticas y otras más lejanas, como el cambio climático.

Los países no han sido capaces de compartir evidencias científicas, equipos médicos, recursos y drogas con otros pueblos que no cuentan con lo indispensable. Sálvese quien pueda parecería lo predominante. Algunos gobernantes ordenan cerrar sus fronteras sin avisar a vecinos y aliados, desprecian acuerdos colaborativos para controlar los daños compartidos de sus decisiones. Otros actúan por motivaciones estrictamente personales, electorales y nacionales.

El Primer Ministro Boris Johnson y expertos señalan que el coronavirus es la más grave crisis a la salud que ha sufrido la actual generación. Sus consecuencias económicas se estiman las más dañinas en tres décadas. Hay coincidencia en que escalará, que su expansión por todo el planeta es cuestión de tiempo. Nadie espera que se disponga de la vacuna antes de un año.

La gran duda es sobre su tasa de mortalidad. Podría ser devastadora o no, independientemente de los mayores riesgos para los más débiles, los ancianos y los más pobres. Allí surge el pánico alentado por la incertidumbre y medidas extremas, algunas discriminatorias, antimigratorias, proteccionistas y contrarias a los derechos y libertades.

El coronavirus es una oportunidad única para intentar un cambio radical del accionar mundial y superar unidos amenazas que afectan a toda la humanidad. El giro es necesario: la inexorable globalización agrava la expansión de las inevitables repeticiones de catástrofes.

El manejo de la crisis dependerá de los gobernantes, organismos internacionales y de los servicios de salud. En cambio, la solución depende de los descubrimientos de la ciencia. Una dimensión brillante de la humanidad, el lado opuesto a sus falencias y vulnerabilidades.

Columna de Hernán Felipe Errázuriz, Consejero de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-