La asonada de violencia que vivió Chile a partir del 18 de octubre puso al gobierno de SebastiÔn Piñera en un escenario impensado: debió enfrentar como autoridad la tarea de asegurar el orden público ante ataques de inusitada violencia, procurando al mismo tiempo que se respetaran los derechos humanos de manifestantes e incluso de fuerzas insurgentes cuyo objetivo era derribar su gobierno.
El presidente PiƱera, que fue muy crĆtico de las violaciones a los DDHH en el gobierno militar, tenĆa ahora la difĆcil prueba de supervisar el uso legĆtimo de la fuerza contra quienes violentamente alteraron el orden pĆŗblico hasta lĆmites intolerables para el normal desenvolvimiento de las actividades del paĆs.
No era una tarea fĆ”cil. Menos, considerando que Carabineros, la principal institución con que contaba para ello, habĆa sufrido sucesivas crisis que minaron su reputación, incluyendo fraudes en que altos oficiales se enriquecieron a costa del erario nacional; operaciones de inteligencia como HuracĆ”n, en que se falsificaron pruebas para inculpar a imputados; y el caso Catrillanca, donde se disparó a un comunero mapuche causĆ”ndole la muerte cuando Ć©ste se encontraba desarmado. Como consecuencia de estos hechos, entre generales y coroneles debieron dejar la institución en poco tiempo cerca de 60 altos oficiales y la moral institucional y sus capacidades operativas quedaron disminuidas.
Tratando de evitar que el mantenimiento del orden pĆŗblico derivara en violaciones a los derechos humanos, PiƱera se contactó tempranamente con el INDH, la Alta Comisionada de Derechos Humanos de la ONU y el paĆs recibió la visita de otras instituciones especializadas.
Todos los informes, inevitablemente a mi juicio dada la magnitud de la violencia, consignaron violaciones a los DDHH. Parece de toda lógica, no obstante, que uno de los criterios para calificar como violación a los DDHH una actuación de la policĆa, sea el uso desproporcionado de la fuerza. Pues bien, en muchos casos fue tal la violencia ejercida por quienes atacaron a Carabineros, que difĆcilmente puede llegarse a la conclusión de āfuerza desmedidaā en las actuaciones policiales. QuizĆ”s por ello Sergio Micco y JosĆ© Miguel Vivanco, de Human Rights Watch, se abstuvieron de calificar como sistemĆ”ticas dichas violaciones, lo que les valió crĆticas de la izquierda. Una serie de imĆ”genes han circulado en Chile y el extranjero que muestran escenas de mucha violencia. Ciertos polĆticos, irresponsablemente, han acusado a PiƱera de violar los derechos humanos e incluso algunos lo califican de dictador, lo que es inaudito.
Es muy injusta esta calificación y el gobierno ve con impotencia estas imputaciones. Ello podrĆa explicar algunos errores comunicacionales de los Ćŗltimos dĆas, en el afĆ”n de demostrar la exageración y distorsión que ha tenido en medios de comunicación la presentación de este tema.
Columna de Luis LarraĆn, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, publicada en La Tercera.-Ā
