Expectativas Constitucionales

Quienes hace años vienen pregonando que sin una nueva Constitución no habrá solución a los problemas de las personas, hoy, valiéndose del temor e inestabilidad que genera la violencia, no solo amenazan con que sin una nueva Carta Magna no habrá paz social, sino que comienzan a instalar, preocupantemente, que es EL instrumento para hacer de Chile un país más justo, con mejor acceso a la salud y la educación y con mejores niveles de pensiones y de situación económica personal y familiar. Además, acabará con los abusos. Una verdadera varita mágica, capaz de cumplir todos sus deseos.

Los políticos saben que a todos nos gusta la magia, pues crea ilusiones y nos llena de expectativas. Por ello, no han trepidado en llenar nuestras mentes de sueños prometiéndonos que solo con este eventual nuevo libro mágico todo se solucionará ¡Y construyen bien la película! Si usted, de buena fe, ve que el Parlamento sesiona día y noche por el proceso constituyente (y no así por la agenda de seguridad pública o por los proyectos que intentan crear una red de protección para la clase media o para mejorar los sistemas de salud) ¿Qué más va a pensar, sino que esto debe ser de lo más importante que hay pues de otra manera no se explica que los políticos estén tan ocupados?

Bueno sucede que el argumento de los magos y los flautistas de Hamelin chilensis, como usted ya puede estar intuyendo, es populista y engañoso. Piense usted que, durante los últimos 30 años y bajo la actual Constitución, Chile ha progresado sostenidamente y ha sido un ejemplo en la región de su devenir democrático. Durante estos años, y bajo esta Constitución, reformada en múltiples oportunidades por lo demás, diversos gobiernos y congresos han logrado aprobar sendas políticas públicas que han permitido mejorar sustancialmente su calidad de vida, el acceso a bienes y servicios y se ha logrado reducir la pobreza y la desigualdad, convirtiendo a Chile en un destino atractivo para la migración. La actual Constitución pone a la persona en el centro (no al Estado, ni a su burocracia, ni a los políticos), nos protege del ejercicio indebido del poder y resguarda la libertad de enseñanza y las libertades para trabajar, asociarnos y emprender, entre otros derechos, esenciales para progresar en la vida. Es el trabajo y el esfuerzo – y no la magia- lo que nos conduce hacia los destinos que buscamos.

Hoy, sin embargo, la oposición nos dice, con gran fervor y fanatismo, que es necesario reprogramar por completo el GPS hacia un nuevo destino ¿Cuál? No es muy claro, y que para ello es imperativo demoler la carretera que nos condujo al Chile actual. La misma carretera que hasta octubre nos enorgullecía, en cuestión de violentos días, resulta que ahora nos lleva al precipicio. Por supuesto que la carretera, así como las avenidas y calles que de ella emergen, tienen baches que deben ser reparados, retrasos que deben ser actualizados y otras mantenciones que deben efectuarse para hacerse cargo de los desafíos pendientes. Pero no es la carretera el problema ni mucho menos la que nos conduce al precipicio. Los flautistas y el populismo sí. En realidad, la cuestión constituyente ha sido el salvavidas que la oposición necesitaba, y con gran urgencia, para unirse en torno a un proyecto común del que carecía y que la sacara de la irrelevancia. Todas las expectativas que la oposición siembra alrededor de lo que puede hacer una eventual nueva Constitución no es otra cosa, a mi juicio, que la política trabajando para salvar a cierto sector de la política, y no a usted. Los problemas de calidad de la educación, de las pensiones y de los sistemas de salud no son problemas de origen constitucional. Son cuestiones que se resuelven y deben resolverse por ley, pues son dinámicos y cambiantes y la Constitución está llamada a ser una ley permanente.

El facilismo imperante, el miedo y la amenaza no deben guiar nuestras decisiones. Es incomprensible que en base a esos criterios muchos de los que durante 20 años gobernaron el país, construyendo buena parte de los kilómetros del camino que hoy varios de esas filas se empeñan por destruir, desconozcan sus bondades. Me resulta impensable que la clase política que hasta hace tan solo unos años asfaltaba el camino para hacerlo extensivo a todos, hoy esté empujando, sin mayor justificación que el miedo o de encontrar en esta gesta un proyecto que los aglutine, el inicio de un proceso que, de lo único que estamos claros, es que es y será bastante incierto, lo que solo redundará en perjuicio de los chilenos.

 

Columna de Natalia González, Subdirectora de Asuntos Jurídicos y Legislativos de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-