JÓVENES, NO SOMOS MEJORES

Soy de la generación que creció en democracia, en un país mucho mejor que el que le tocó a nuestros papás y abuelos. Desde luego, eso lo he podido constatar de lo que ellos mismos me han contado, así como también del estudio de nuestra historia y de diversos indicadores que ratifican los avances conseguidos en las últimas décadas.

Nada de ello fue gratis. Los logros de los que mi generación se ha beneficiado fueron posibles gracias al esfuerzo de los que estuvieron antes que nosotros, que fueron capaces de enmendar sus errores, superar las divisiones y de apoyar acuerdos que permitieron construir responsablemente el país que tenemos hoy. Sin atajos, pues el riesgo de que éstos llevaran a extraviar el camino era alto, y con una visión de largo plazo, que requirió de una serie de renuncias que hoy los jóvenes debemos agradecer.

Mientras mi generación no reconozca el mérito de lo anterior, no estaremos en condiciones de tomar la posta y de asumir el desafío de liderar los cambios que nuestro país requiere en las próximas décadas. Asimismo, los mayores harían bien en dejar de pedir perdón por lo que no hicieron y, en cambio, reivindicar el valor de lo que sí lograron y las claves para ello.

Esta reflexión la hago a raíz de los hechos ocurridos en las últimas semanas y de la impaciencia e irracionalidad que he visto en jóvenes que han amparado la violencia e incluso promovido vías no democráticas para conseguir sus demandas. Cuando se produjo el ataque a la red de Metro, por ejemplo, muchos se hicieron los ofendidos con las medidas a las que se debió recurrir para restablecer el orden y la seguridad y salieron a desafiar a la autoridad con imprudencia. Ello, al final del día, impidió aislar a los violentistas, que han seguido destruyendo la ciudad y amenazado nuestra democracia. La que tanto costó construir.

Este es entonces un llamado a los jóvenes, a informarnos y ser más reflexivos antes de adherir a cualquier causa y de medir las consecuencias de criticar todo y a todos, incluido lo que nos fue heredado. La experiencia de nuestros padres es la mejor prueba de que nada se logra de un día para otro y que las materias complejas requieren soluciones complejas. No podemos caer en la desesperación de tirar la casa por la ventana, hipotecando el país que le dejaremos a las próximas generaciones para satisfacer nuestras propias demandas hoy. Debemos aprender de nuestra historia y cuidar la forma de relacionamos y los equilibrios que dan gobernabilidad al país. Tal como señaló Javiera Parada en su carta de renuncia a RD, “cada generación debe ganarse sus credenciales democráticas e institucionales. En política la nobleza no se hereda”. No entender lo que está en juego sitúa a nuestra generación muy por debajo de la de nuestros padres. Hoy no somos mejores que ellos y si seguimos actuando de forma precipitada e irreflexiva, arriesgamos no llegar a serlo nunca.

 

Columna de María Paz Arzola, Coordinadora del Programa social de Libertad y Desarrollo, Publicada en La Tercera.-