Argentina

“Llegaron los sarracenos… y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos”. Para quienes no pueden explicarse que nuestros vecinos hayan favorecido de esa manera a Cristina Fernández y su testaferro Alberto en las elecciones PASO, pese a los numerosos casos judiciales que enfrenta entre otras razones por saquear la hacienda argentina, el refrán medieval puede aportar algo de luz.

Lo que ocurre en Argentina, a mi juicio, es que la mayoría de los votantes favorece la corrupción en política. Ellos saben que Cristina Fernández roba y seguirá robando en el poder y están dispuestos a seguir apoyándola, siempre que ella, a su vez, los favorezca como beneficiarios de la microcorrupción, o corrupción residual como la calificó una vez alguien que sabe de ello, el ex Presidente Carlos Menem.

Es que el estado argentino, que gasta más del 40 % de lo que producen los argentinos, es un botín a repartirse en un verdadero festival de microcorrupción. Los sindicatos son los primeros que tienen entradas para este festival. Desde que Juan Domingo Perón se apoyara en ellos a partir de la década del 40 para corromper totalmente la política argentina, tienen el privilegio de recibir dinero y otras prebendas del Estado sin entregar nada a cambio que no sea su apoyo político.

Y también tienen entradas para la función los políticos, los funcionarios públicos que no trabajan, los ñoquis, los empresarios corruptos, que son muchos, y toda una cadena de intermediarios y otros personajes que viven a costa de la, a estas alturas, minoría de argentinos que trabaja honradamente.

Es que el peronismo de distintos cuños ha ido perfeccionando este modelo de concebir la política como un ejercicio de exacción. Los Kirchner lo perfeccionaron para ir incluyendo cada vez más beneficiarios en la repartición de privilegios, hasta lograr que éstos sean mayoría en la Argentina. No se explica de otra manera que públicamente en la televisión argentina haya personas que protesten porque alguien pretende hacerlas trabajar y que en definitiva la mayoría vote por la corrupción.

El problema es que este modelo falla porque son cada vez menos los que producen y los que pueden hacerlo tienen su dinero fuera de Argentina para que el estado no les siga robando.

Cortar este circuito, poner término al festival, requería acciones drásticas. Y desgraciadamente Macri no lo hizo. El gasto del Estado sigue representando sobre el 40% del PIB en Argentina. La hiperinflación se origina allí y hace imposible el equilibrio macroeconómico. Mauricio Macri decidió ser solamente un actor de reparto y no protagonista en esta fiesta (cumpliendo el rol de aguafiestas) y en lugar de ser completamente irresponsable decidió ser un poco irresponsable, sin llegar a los extremos del peronismo fue un poco populista. Al final, los argentinos se quedaron con el original.

 

Columna de Luis Larraín, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, publicada en La Tercera.-