¿Ilusiones Perdidas?

Me valgo del título de la novela de Balzac para ilustrar la sensación de los chilenos en las últimas semanas a raíz de la Copa América. Una competencia que empezó sin muchas expectativas, pero que con el correr de los días y la buenas actuaciones de la Roja logró ilusionarnos con la posibilidad del tricampeonato.

La derrota con Perú, clara e inapelable, nos volvió a la realidad: Chile ya no es el equipo que solía ser a partir del surgimiento de la generación dorada y que nos permitió dos títulos seguidos. Nuestros héroes están fatigados y ya no sostienen el mismo ritmo cuando son sometidos a exigencias repetidas. Otros países exhiben buenos argumentos para disputar nuestra temporal supremacía. Un triunfo hoy día frente a Argentina nos permitiría recuperar parte de la alegría al constatar que, si no somos ya los primeros, seguimos disputando posiciones de avanzada gracias a nuestras viejas glorias y a los pocos exponentes de la renovación que han aparecido.

Al reflexionar sobre este tema surge la tentación de hacer un paralelo con la política. La posición de liderazgo de nuestro país en Latinoamérica durante la década de los noventa fue indisputable. Chile recuperó la democracia, avanzó en su institucionalidad y la economía creció como nunca antes, promediando una tasa de expansión de 7% entre los años 1986 y 1998, en que hubo una desaceleración a raíz de la crisis asiática. Como resultado de ello la pobreza descendió desde más de 40% a un 8,6% de la población. De acuerdo a un estudio publicado por Libertad y Desarrollo sobre la base de información del Banco Mundial, la clase media alcanza hoy al 65% de la población, constituyéndose en el grupo más grande en nuestra sociedad.

El segundo gobierno de Michelle Bachelet representó un brusco quiebre de esta realidad. Si bien el dinamismo de la economía chilena venía ya cayendo desde antes, jamás nos había ocurrido que el país creciera solamente al 1,8% promedio, cerca de la mitad de lo que lo hacía la economía mundial.

La elección de Sebastián Piñera representó una gran ilusión. Los chilenos confiaron en que venían tiempos mejores, más y mejores empleos. Pero la briosa partida de la economía que llevó a crecer un 4% el 2018 se ha interrumpido. El mercado laboral, pese a crear 150.000 empleos al año no ha sido capaz de absorber a 270.000 migrantes anuales en busca de trabajo. Si bien esa nueva fuerza de trabajo será beneficiosa en el largo plazo, es un desafío acogerlos sin deteriorar las posibilidades de los trabajadores chilenos.

Necesitamos también renovación en nuestra economía y en nuestra política. El ambiente de enfrentamiento y la incapacidad para lograr acuerdos no dan para más. La luz de esperanza viene de la Democracia Cristiana y su disposición a llegar a acuerdos tributarios y en materia de pensiones. Quizás recuperemos la ilusión.

Columna de Luis Larraín, Director Ejecutivo de LyD, publicada en La Tercera.-