La democracia desafiada

Con ocasión de una entrevista que mantendré con el expresidente Lagos, sobre los desafíos de la democracia en un mundo cambiante, me he puesto al día en la literatura política referida a las transformaciones de la sociedad moderna que están afectando el funcionamiento de la democracia representativa liberal, tal como la hemos conocido históricamente y que tantos beneficios ha traído a la humanidad. Los títulos, muchos de ellos publicados con posterioridad e inspirados por la amenaza que los autores perciben en los triunfos de Trump y del Brexit, hablan por sí mismos: “El fin de la democracia”, “Cómo mueren las democracias”, “El suicidio de Occidente”, “El cierre de la mente liberal”, “La democracia y el eclipse de la razón”, “Populismo nacional: la rebelión contra la democracia liberal” , “La tiranía del silencio”, “La tiranía de la opinión”, “El discurso de odio y la ciudadanía democrática”, y últimamente, “Democracia, ¿crisis, decadencia o colapso?”, etc.

Lo más significativo de esta literatura es que permite situar nuestros problemas políticos en un contexto más amplio y, por cierto, infinitamente más complejo que las explicaciones que pretenden comprenderlo desde una perspectiva nacional limitada y casi siempre monocausal.

La primera reflexión que surge es que, al contrario de lo que muchas veces se presume, la democracia representativa no es algo que pueda darse por descontado, pues, es una anomalía en la historia de la humanidad. Solemos olvidar que por miles de años la normalidad era la miseria material, la precariedad y el sometimiento de la mayoría a la opresión de unos pocos. Los derechos humanos, el crecimiento económico en el planeta, la prosperidad, la posibilidad de reducir la pobreza, son fenómenos nuevos de la modernidad, ligados a esta revolución intelectual promovida por la introducción de la idea lockiana de gobiernos emanados del consentimiento ciudadano, con atribuciones limitadas y con una polis integrada por personas todas iguales ante la ley. La representación de un individuo que es sujeto de derechos personales y civiles inalienables, con un espacio privado e íntimo, salvaguardado de la intrusión pública, emancipado de la tuición que ejercían sobre él la tradición, la colectividad y las autoridades soberanas por derecho divino, son todos conceptos nuevos, revolucionarios, ligados a la modernidad.

La creciente preocupación por el futuro de la democracia occidental demuestra que en la actualidad este sistema está tensionado —aunque ciertamente no amenazado inevitable o irrevocablemente— por una multiplicidad de cambios que han alterado de manera radical nuestras formas de relacionarnos entre nosotros y con el poder. Es preciso tener presente que los cambios tecnológicos traen consecuencias que afectan la vida humana en múltiples e inicialmente inesperadas dimensiones, y con ello el devenir histórico. Algo que parece tan simple como la invención de la imprenta tuvo efectos fáciles de identificar y sin ella, sin la extensión de la lectura individual, sin la posibilidad de una interpretación personal y libre de la Biblia, sin la oportunidad de divulgar ideas nuevas y desafiantes, la mayoría de los sucesos posteriores en Europa difícilmente podrían haber ocurrido. En este sentido, la democracia fue el resultado, entre otros factores, de cambios tecnológicos que, al momento de ser implantados, nadie podía prever.

Pues bien, es muy probable que la globalización que pone en jaque al Estado nación como depositario de la soberanía, o la revolución digital, cuyas repercusiones no sospechamos, alteren la estructura de poder vigente, la forma en que nos organizamos como sociedad y nuestra manera de sentir y de pensar. Lo importante es preservar los bienes que la democracia entrega.

Columna de Lucía Santa Cruz, Consejera de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-