El Diputado Giorgio Jackson y su colega Maite Orsini han presentado un proyecto de ley que segĂşn ellos busca resguardar a las personas para que no haya explotaciĂłn o precarizaciĂłn del trabajo de quienes ofrecen sus servicios de reparto a domicilio a travĂ©s de las aplicaciones de Internet. AsĂ, los conductores que a travĂ©s de Uber Eats, Rappi u otras plataformas tecnolĂłgicas reparten pedidos a usuarios que los contactan a travĂ©s de la red, y que no tienen una relaciĂłn laboral con las empresas propietarias de esas aplicaciones, pasarĂan a tenerla despuĂ©s de este proyecto.
Pero resulta que quienes prestan esos servicios han elegido operar con estas plataformas precisamente porque buscan la libertad de no tener un empleador, no estar sujeto a horarios de trabajo, sino que ejercer la actividad a su propia conveniencia, cuando tienen tiempo disponible porque realizan otras actividades como estudiar o incluso trabajar con una jornada parcial. Por otra parte, la base de las economĂas colaborativas es que se rompe la relaciĂłn empleador- trabajador y tambiĂ©n se altera la de productor- consumidor. Uber transporta cada dĂa a miles de chilenos y no tiene un solo auto en el paĂs, Airbnb aloja a millones de pasajeros en todo el mundo y no tiene ni un solo cuarto de hotel.
Pero nuestros diputados millenial quieren otra cosa: mantener las cosas buenas como la flexibilidad, pero deshacerse de las que les molestan y que en general se relacionan con la posibilidad que tiene el usuario de calificar y evaluar los servicios que le prestan. Por supuesto es difĂcil, sino imposible, hacer eso, pues al modificar centralizadamente las condiciones que las partes han pactado se corre el riesgo que ya no haya interĂ©s de una de ellas. El problema conceptual de los diputados es un profundo desconocimiento de los fundamentos de la economĂa de mercado, en que los servicios se prestan para satisfacer a un consumidor que de esta manera logra la máxima retribuciĂłn por el dinero que paga. Esto no es una cuestiĂłn entre buenos y malos como les gusta presentar siempre las cosas. Los cientos de miles de empleos que se crean con estas aplicaciones existen no para satisfacer a quienes prestan los servicios, sino a quienes los reciben. Distinto es si el prestador está satisfecho con esa transacciĂłn o no. De hecho, si no lo está dejará de trabajar en esto.
Vamos a ver cĂłmo progresa este proyecto que analizaremos con más detalle más adelante. Es una buena prueba para nuestro sistema polĂtico, pues una intervenciĂłn inadecuada dejará a los consumidores chilenos fuera de la posibilidad de acceder a servicios que hoy pagan con gran satisfacciĂłn de su parte: una nueva versiĂłn de el Estado contra los ciudadanos.
Me paso a otros proyectos de ley, tambiĂ©n mociones parlamentarias, que parecieran intentar cuadrar el cĂrculo. Varios diputados de todos los colores polĂticos han presentado un proyecto que prohĂbe los descuentos asociados a tarjetas de crĂ©dito cuando Ă©stos son ofrecidos por quienes tienen relaciĂłn directa con el vendedor. En simple, usted no podrĂa beneficiarse del descuento de casi 50% de un computador comprado en una de las grandes tiendas o de un televisor muy rebajado si lo paga con la tarjeta de crĂ©dito de la misma multi tienda. ÂżPor quĂ© esta lindura? Porque segĂşn los diputados (Âżexpertos en libre competencia?) que lo presentan, esto serĂa una competencia desleal contra las PYMES que no ofrecen estos descuentos. En primer lugar, eso es falso porque hay PYMES que están asociados a programas de descuento con tarjetas de crĂ©dito, como sucede notoriamente con restoranes. Segundo, si hubiese una competencia desleal serĂa una conducta predatoria destinada a sacar a un competidor del mercado, cuestiĂłn que ya está penada expresamente en la ley del consumidor. Esta mociĂłn, de ser aprobada, vendrĂa a alterar todo el modelo de negocios del comercio, que por lo demás es un modelo generalizado en la mayorĂa de los paĂses, con variados programas de fidelizaciĂłn basados en el crĂ©dito.
Otro proyecto, esta vez de un Senador, modifica las condiciones de la relaciĂłn entre el emisor de la tarjeta de crĂ©dito y el tarjetahabiente para situaciones de fraude o pĂ©rdida de la tarjeta. Entre algunas cosas razonables, como regular condiciones y plazos para los avisos de pĂ©rdida e incorporar a las tarjetas de dĂ©bito y las transferencias electrĂłnicas, introduce cuestiones altamente discutibles, como que el desconocimiento de un pago puede hacerse hasta 90 dĂas despuĂ©s del cargo. La comisiĂłn de economĂa de la Cámara de Diputados habĂa establecido inicialmente regulaciones más razonables, como un deducible de 0,5 UF para evitar autofraudes, o que la devoluciĂłn del cargo fuera provisional, mientras se investiga el caso; pero ante la presiĂłn pĂşblica la misma comisiĂłn eliminĂł luego el deducible y la palabra “provisional”. Los que “defienden” al consumidor en estos casos no se dan cuenta que al establecer este tipo de regulaciones lo que hacen es defender al consumidor descuidado, e incluso fraudulento en algunos casos, a costa de perjudicar al consumidor responsable; pues obviamente el costo de todas estas regulaciones se traspasa en alguna medida a todos los consumidores. Pero la demagogia parece ser ciega a razones y algunos parlamentarios se guĂan más por el clamor de las turbas que por la razĂłn.
Columna de Luis LarraĂn, Director Ejecutivo de Libertad y Desarrollo, publicada en El LĂbero.-