AquĆ en ChiloĆ© ya corren vientos otoƱales, el mar se encabrita y las nubes se instalan con mayor frecuencia. Aires de fin de fiesta y saber que mi destierro de este paraĆso terrenal es inminente, me incitan a mirar la realidad, no la nuestra, la de los visitantes, sino la de quienes se quedan. La argumentación casuĆstica, basada en casos singulares, no es reconocida como la forma mĆ”s correcta de razonar. Sin embargo, los ejemplos concretos sĆ sirven para ilustrar una parte de la realidad, que muchas veces queda encubierta por las estadĆsticas y las consideraciones generales. ChiloĆ© es un microcosmos que permite distinguir entre lo que son elucubraciones teóricas abstractas y lo que es la realidad concreta de la vida de seres humanos reales.
Me explico. La discusión en el foro pĆŗblico sobre el centralismo versa sobre la estructura polĆtica y constitucional, la asignación de los recursos, su gestión y la distribución del poder. En ChiloĆ©, en cambio, implica el absurdo de que los paraderos de buses son los mismos en Arica que en Ancud, y que, en esta tierra de maderas y latón, se construyen de cemento, con grandes ventanas abiertas que impiden cobijarse de la lluvia; o bien, que los colegios deben ajustarse a menĆŗs iguales para todas las regiones y, como me contaba una apoderada, ofrecer jurel en lata, en vez de productos frescos del mar, a su alcance y mĆ”s acordes con sus gustos y cultura. La discusión pĆŗblica se trenza en un eterno debate sobre si importa el crecimiento económico o 'la calidad de vida', como si existiera una dicotomĆa insalvable entre ambos o pudiera haber una sin el otro.
Conozco un pequeƱo agricultor chilote que ātras meses de trĆ”mites para conseguir permisos y una resolución sanitariaā formó una pequeƱa empresa para producir papas nativas. Ćl sabe, porque lo vivió, que cuando sus costos subieron por mayores regulaciones y el crecimiento disminuyó a menos de 2%, su emprendimiento ya no fue viable y sus sueƱos se esfumaron. En el debate nacional se propugna un 'derecho' universal y absoluto a la salud, constitucionalmente garantizado. MĆ”s aĆŗn, la Corte Suprema ha sustituido el 'derecho a la vida' por una suerte de 'derecho a la inmortalidad', obligando al Estado a pagar por remedios al margen de lo establecido por la ley y cualesquiera sean sus costos.
En ChiloĆ©, todo ello parece una ironĆa grandilocuente. Porque la vida real es que un vecino acudió un domingo a su posta local con fuertes dolores y se le diagnosticó un 'problema abdominal'; el martes, en mucho peor condición, se reiteró la situación; reciĆ©n el jueves se le facilitó una ambulancia y en Castro constataron que habĆa sufrido dos infartos masivos. La verdad es que en las postas de ChiloĆ© se pueden proclamar todos los derechos universales que se quiera, pero el hecho es que no hay una mĆ”quina para electrocardiogramas y en el pueblo vecino no habĆa papel para imprimirlos. Y en todo ChiloĆ© no hay un solo hospital de especialidades y debió ser trasladado a Puerto Montt, donde lo operaron con Ć©xito, pero en el hospital no habĆa camas y fue devuelto en la misma ambulancia destartalada a ChiloĆ© para su recuperación.
Columna de LucĆa Santa Cruz, Consejera de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-
