No serĂĄn muchos los postulantes a las universidades que opten por estudios en las humanidades. Y es que, en un mundo cada vez mĂĄs utilitarista, la educaciĂłn universitaria chilena continĂșa siendo, en lo fundamental y casi exclusivamente, salvo algunas excepciones, un sistema de instrucciĂłn cuyo objetivo Ășnico es adquirir un oficio profesional. No habrĂa nada cuestionable en ello si no fuera porque estamos frente a un mundo muy diferente al del siglo XIX y, sin embargo, seguimos atados a un concepto tradicional de la enseñanza, donde el objetivo principal es la transmisiĂłn organizada de los conocimientos acumulados en el tiempo, a travĂ©s de un relato que los entrega por medio de la clase magistral y las lecturas memorizadas y, por lo general, tendiente a la obtenciĂłn de un tĂtulo profesional.
En el siglo XXI, sin embargo, las destrezas requeridas son otras. Es imposible dominar la totalidad de los conocimientos en una disciplina, debido a la rapidez de los avances y a la expansiĂłn explosiva de la informaciĂłn, lo cual produce una veloz obsolescencia de un porcentaje relevante de los conocimientos que las universidades proporcionan. Las complejas sociedades actuales obviamente continĂșan necesitando profesionales destacados, pero tambiĂ©n exigen cada vez mĂĄs personas con una rigurosa formaciĂłn intelectual en las humanidades.Â
Las humanidades estudian al hombre en todas las dimensiones de su experiencia, en sus diversas formas de expresiĂłn, en el transcurso del tiempo, en sus cambios y continuidades, en su sentir, en la forma en que expresa su sentido de lo justo y lo bello, el modo como se organiza para vivir en sociedad, para producir, para intercambiar bienes, y sobre todo para aproximarse a un ĂĄmbito existencial y trascendente. En definitiva, a travĂ©s de la historia, la literatura, la filosofĂa, el arte y las letras nos conectamos con nosotros mismos, con nuestros semejantes y tambiĂ©n con quienes nos antecedieron. No podemos saber quiĂ©nes somos ni hacia dĂłnde vamos si no sabemos de dĂłnde venimos, si no comprendemos por quĂ© los fenĂłmenos sociales, polĂticos o econĂłmicos ocurren, quĂ© los afecta, quĂ© los desencadena.Â
No es accidental que la palabra 'humanista' tenga connotaciones ligadas a conceptos como la compasiĂłn, la benevolencia, la clemencia, la bondad, la generosidad, la tolerancia, la comprensiĂłn del otro. Muchas veces se clasifica a las humanidades como el 'conocimiento inĂștil', porque no se vincula solo a recompensas materiales. Dice Martha Nussbaum, en su magistral libro 'Not for profit', que a travĂ©s del arte y la literatura es posible imaginar y comprender al 'otro', y asĂ tener empatĂa con Ă©l, lo cual, a su vez, es indispensable para ser ciudadanos, porque enseña tolerancia y compasiĂłn, y permite ver a los demĂĄs como iguales con los cuales interactuamos para vivir en democracia. Las humanidades son disciplinas que enseñan destrezas flexibles, porque su lĂłgica de pensamiento no tiene que ver con la acumulaciĂłn de conocimientos, sino que con el anĂĄlisis e intercambio de ideas, con los significados mĂĄs profundos de los sucesos, costumbres y sĂmbolos que configuran nuestra civilizaciĂłn.Â
Son disciplinas que fomentan el desarrollo de un espĂritu crĂtico, porque enfrentan preguntas y cuestionamientos que no tienen una sola respuesta unĂvoca, sino que requieren de una reflexiĂłn argumentativa. Y el mundo hoy necesita personas capaces de discutir sus ideas y escuchar las de otros para responder con argumentos; de pensadores creativos, con capacidad de innovar e inventar. Finalmente, esta formaciĂłn se hace cada vez mĂĄs necesaria en un mundo en que la complejidad de los dilemas morales, econĂłmicos, polĂticos y sociales es cada vez mayor, y exige una reflexiĂłn crĂtica y bien fundada, y mĂșltiples perspectivas de anĂĄlisis.
Columna de LucĂa Santa Cruz, Consejera de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-
