Lecturas del momento electoral en tiempos de 2da vuelta

La primera vuelta de la elección presidencial ha configurado un nuevo cuadro político en relación a las expectativas moldeadas por los instrumentos de medición de opinión pública que, dicho sea de paso, se mostraron bastante desalineados de la realidad.

En primer lugar, si bien Sebastián Piñera y Chile Vamos lograron imponerse de manera clara en la elección del pasado domingo 19 de noviembre, el resultado, estuvo sin lugar a dudas por debajo de la expectativa triunfalista. Los más de 14 puntos porcentuales por sobre la votación de Alejandro Guillier y el extraordinario resultado parlamentario de Chile Vamos, alcanzando un control del 47% de la Cámara de Diputados y un 44% del Senado parecen haber sido pasados por alto de los primeros análisis.

Curiosamente, quienes objetivamente resultaron derrotados en la elección -hablamos de la Nueva Mayoría y el oficialismo- con el peor resultado electoral de ese sector desde el retorno a la democracia, lograron instalar un discurso de épica respecto de un más que discreto resultado electoral, en circunstancias que el escenario que deja la primera vuelta no es otro que el de una normalización en relación a lo que ha sido la tónica de la correlación de fuerzas políticas a nivel presidencial, dirimidas en la mayor parte de los casos, en una segunda vuelta competitiva desde el punto de vista electoral.

Quien sí saca cuentas alegres es el Frente Amplio, agrupación que con un inesperada votación tanto a nivel presidencial como parlamentario ha pasado a ser el símbolo de la fragmentación de la izquierda. Porque, en efecto, la izquierda, considerando todas sus vertientes y expresiones, en esta elección de 2017, no crece como sector respecto de su votación de 2009.

A pesar de lo anterior, el Frente Amplio debe ser comprendido como un adversario en forma y con proyecto político. Constituido sobre una mirada y una estrategia populista, ha sido capaz de dotar de un relato común a malestares disgregados en la sociedad, construyendo cadenas de equivalencias que configuran una gran coalición o concertación por el malestar social, sin entrar en el terreno de la definición de propuestas fundadas y responsables para mitigarlos o solucionarlos.

Dicho lo anterior, el panorama muestra una elección de segunda vuelta donde la clave para el éxito pasa por quien sea capaz de leer de mejor manera y perfilar con mayor agudeza un mensaje que dé cuenta de las señales emitidas por la ciudadanía el pasado 19 de noviembre.

Desde la óptica de Chile Vamos, parece importante reconocer que la elección se ganará no el campo del centro programático (en estado de ebullición a la luz del resultado electoral de dicho mundo) sino que en el del centro socio-demográfico. Sebastián Piñera tiene mucho por avanzar desde el punto de vista electoral en un conjunto específico de comunas y territorios urbanos y de clase media, donde su propuesta de clase media protegida puede sintonizar en un electorado donde el voto de hastío respecto de las elites tradicionales se parece haber inclinado hacia Beatriz Sanchez y no necesariamente por un vínculo programático.

Por su parte, el ejercicio de definición de una estrategia por parte de Guillier parece más dificultoso. En primer lugar, la emergencia de un ethos anti piñerista es la base de su apuesta. La pregunta es si una campaña negativa será capaz de entusiasmar a una masa electoral de votantes que también tiene anhelos, sueños y esperanzas de un proyecto que más que fustigar una candidatura, sea capaz también de proponer una alternativa. En segundo lugar, el destino de Guillier está supeditado a la voluntad del Frente Amplio, quien finalmente ha dirimido con sus bases una triple negación de cara a la segunda vuelta: no a la abstención, no a Piñera, pero también un no respaldo explícito a Guillier.

Así las cosas, sostengo que de no mediar nada extraordinario en términos del curso de los acontecimientos políticos, quien tiene la opción preferente de imponerse en esta segunda vuelta es Sebastián Piñera.

 

Columna de Jorge Ramírez R., Coordinador del Programa Sociedad y Política de Libertad y Desarrollo.-