Ya inaugurada la temporada electoral, el Gobierno ha resuelto echar a andar una nueva reforma -posiblemente la Ășltima- que se suma a la tristemente cĂ©lebre secuencia que conforman la tributaria, la laboral y la educacional. Los proyectos de ley anunciados esta semana -como esas reformas previas- no representan a ningĂșn consenso transversal y no satisfacen ni a los partidarios de perfeccionar el sistema vigente ni a los que pretenden abolirlo.
La propuesta mantiene casi intactas a las AFP, para desazĂłn de los vociferantes lĂderes de "No+AFP". Sin embargo, priva a los cotizantes de destinar a ellas el 5% adicional de sus sueldos brutos que la ley obligarĂĄ a ahorrar para la vejez. EstĂĄ sobradamente probado que las AFP saben invertir bien las platas de sus afiliados, de modo que no hay razones tĂ©cnicas que justifiquen otorgar a un nuevo ente estatal -el Consejo de Ahorro Colectivo- el monopolio sobre el manejo de esos fondos, negĂĄndoles a sus dueños la libertad de optar. Al contrario, hay buenas razones para desconfiar de la fĂłrmula propuesta -Dipreca es una de ellas-, y nada garantiza que la autonomĂa constitucional que pretende conferĂrsele se haga en verdad cargo de los riesgos involucrados de captura polĂtica, abuso e incompetencia.
Es un mĂ©rito -y no un defecto, como parece creer la Presidenta Bachelet- que el sistema de capitalizaciĂłn individual descanse principalmente en la responsabilidad y capacidad de la gente para ahorrar lo suficiente. Pero no es cierto que se base en la premisa de "arreglĂ©nselas solos", puesto que establece un ahorro mĂnimo obligatorio, somete a las AFP a rigurosos controles y, cuando los ahorros no alcanzan, el Estado acude en ayuda de los jubilados mĂĄs necesitados. Ese apoyo estatal es, desde luego, mejorable si hay la voluntad polĂtica para darle prioridad en el presupuesto fiscal.
Introduciendo el germen de un inconveniente sistema de reparto, el proyecto de gobierno propone destinar dos de los cinco puntos porcentuales que se descontarĂĄn a todos los trabajadores, incluidos los mĂĄs pobres, a financiar subsidios varios, entre ellos una bonificaciĂłn de hasta 20% a las pensiones pagadas por las AFP. Aunque polĂticamente atractiva, la fĂłrmula es doblemente regresiva: reducirĂĄ los sueldos lĂquidos -asĂ sea legalmente la cotizaciĂłn "de cargo del empleador"- y no elevarĂĄ en absoluto las pensiones bĂĄsicas y solidarias, que son las que mayoritariamente perciben los jubilados mĂĄs pobres.
Aunque contiene una que otra idea positiva, como las otras reformas de la Nueva MayorĂa, la previsional ignora los razonamientos tĂ©cnicos -profusamente desarrollados por los expertos- y se deja llevar por prejuicios ideolĂłgicos y conveniencias polĂticas. OjalĂĄ el debate parlamentario rescate la libertad de los trabajadores para escoger dĂłnde ahorrar para su vejez y -en la lĂnea de lo planteado por el ex Presidente Piñera- fortalezca las pensiones bĂĄsicas y solidarias de las que dependen los jubilados mĂĄs vulnerables.
Columna de Juan Andrés Fontaine, Consejero de Libertad y Desarrollo, publicada en El Mercurio.-