La aspirina constitucional

Puedo asegurar que muchos de los lectores cuando eran niños creían que las aspirinas eran el remedio a todos sus males y dolores. Un par de aspirinas y santo remedio. Usted se preguntará que tiene que ver esto con la reforma constitucional que presentó recientemente el Gobierno. En verdad no mucho, salvo por el hecho que ni las aspirinas ni una reforma constitucional resolverán todos los problemas que hoy nos aquejan, tal como han intentado hacernos creer.

Como si aún creyéramos que las actuales autoridades van a poder solucionar el bajo crecimiento económico, el desempleo, la delincuencia, el Transantiago, la salud y la educación, ahora el Gobierno desea agregar otra reforma a su legado. Recordemos que el año 2015 el Ejecutivo anunció cual sería el proceso y mecanismo para reformar la Constitución, pero para sorpresa de muchos terminó enviando al Parlamento una propuesta política y jurídicamente cuestionable.

Si en verdad la reforma constitucional iba a ser el remedio a todos nuestros males, cabe preguntarse por qué el Gobierno no la impulsó antes. La respuesta es simple: no cree en verdad que la Constitución sea la culpable de todos nuestros males. En verdad, la causa principal de todos los problemas que aquejan a nuestro país es uno sola: el paupérrimo crecimiento económico. Llevamos cuatro años de un muy mal desempeño, nunca visto en la historia reciente de nuestro país y el empleo comienza además a mostrar señales de evidente deterioro. Y ello tiene como única responsable a la actual administración, su "programa", sus reformas estructurales y su débil gestión económica. Insisten en tratar de convencernos de que la calidad de vida de los chilenos no depende del crecimiento económico e ignoran todos los indicadores macroeconómicos que evidencian el progreso que hemos experimentado gracias al crecimiento de los últimos 30 años. Pero ese ciclo virtuoso fue víctima de la retroexcavadora y será tarea prioritaria del próximo Gobierno retomarla.

Afortunadamente los chilenos somos capaces de distinguir a un buen gobierno de uno malo. Y el veredicto es lapidario: el nivel de rechazo al gobierno es de los más altos que se tenga memoria. También somos capaces de advertir si nos quieren dar una aspirina para hacernos creer que nuestros problemas se solucionarán. Y la reforma constitucional no es más que eso, una aspirina frente al verdadero remedio que es poner al crecimiento económico y la generación de empleo entre las prioridades nacionales.

Columna de Francisco Orrego B., Sub Director de Asuntos Políticos y Legislativos de Libertad y Desarrollo.-