En la Ćŗltima elección presidencial, muchos desestimaron las propuestas de campaƱa de la Nueva MayorĆa pensando que no pasarĆan de ser meras promesas incumplidas. Aquello se probó ingenuo y errado, puesto que no tomó mucho tiempo constatar que la figura de la āretroexcavadoraā tenĆa mĆ”s de realidad que de ficción.
Durante la campaƱa americana, el mundo tambiĆ©n se sorprendió con algunas de las propuestas del candidato Donald Trump, particularmente las que decĆan relación con su polĆtica comercial; pero, al igual que en Chile, peor aĆŗn ha sido constatar su decidido compromiso por cumplirlas, ahora que ha llegado a la Casa Blanca.
El lĆder de la mayor potencia del mundo arremetió con un discurso proteccionista de los viejos y malos tiempos. Entre sus primeras acciones, Trump abandonó el Acuerdo TranspacĆfico de Cooperación Económica (TPP) con la ilusión que ello protegerĆ” a trabajadores americanos de la competencia e incentivarĆ” a empresas con inversiones en el extranjero a volver a operar en EE.UU. Varias fuentes afirman ademĆ”s que Trump establecerĆa una tarifa a las importaciones de hasta 20%, a lo que se suman anuncios de que impondrĆa un impuesto fronterizo āmuy grandeā a aquellas empresas que trasladen puestos de empleo desde EE.UU. hacia el exterior. Como si fuera poco, amenazó tambiĆ©n con emprender una guerra comercial contra China. Bravuconadas o no, nada puede descartar que embarque al paĆs en esa dirección.
Existe amplia evidencia de lo perjudicial que han resultado las medidas de protección a la industria nacional y las polĆticas contrarias al comercio internacional, tanto en la propia experiencia americana post Gran Depresión como en paĆses como Chile. Ellas dan cuenta que es pan para hoy y hambre para maƱana.
En efecto, por mĆ”s de cuatro dĆ©cadas predominó en Chile un sistema proteccionista en lo comercial. En un intento por industrializar al paĆs, la economĆa se volvió crecientemente cerrada, con elevados aranceles y la consecuente formación de un gran nĆŗmero de monopolios y/o oligopolios, privados y estatales, que derivaron en una estructura productiva poco competitiva e ineficiente. Se generaron grandes distorsiones por el tratamiento dispar y discrecional entre los sectores productivos, alcanzando en los aƱos 1970s un arancel promedio de 105%, con una diferenciación entre productos que iba de 0% a 750%. Procedimientos burocrĆ”ticos y decisiones arbitrarias estaban a la orden del dĆa, asĆ como las constantes presiones de los grupos de interĆ©s que fueron fuente inequĆvoca de corrupción.
El proteccionismo habĆa dado cuenta de todos sus males: permitĆa la creación de monopolios, limitaba la diversificación de exportaciones, trababa el desarrollo y crecimiento económico y favorecĆa una sustitución ineficiente de importaciones. Es en este contexto que, a partir de 1973, se inició un proceso de cambio del sistema económico, hacia una economĆa muy abierta que buscaba aprovechar mejor sus ventajas comparativas, sometiendo a todos los sectores a la competencia externa. La lección aprendida llevó a continuar en dĆ©cadas posteriores la polĆtica de apertura comercial, con la reducción uniforme y prĆ”cticamente total de aranceles y la firma de numerosos acuerdos comerciales bilaterales y multilaterales.
Los resultados económicos para Chile de la apertura comercial son difĆciles de cuantificar en un contexto de cambios institucionales mĆŗltiples. Sin embargo, existen numerosos estudios que reflejan los beneficios que derivaron en tĆ©rminos de participación y diversificación de las exportaciones (por nĆŗmero de producto, actores y destino), lo que impactó positivamente el crecimiento económico. La mayor competencia forzó ademĆ”s la sustitución de sectores y bienes finales que operaban en forma ineficiente (amparados por altas tasas de protección) por sectores competitivos o importaciones directas, lo que se tradujo en mayor productividad e importantes ganancias para los consumidores en tĆ©rminos de acceso a bienes y servicios mĆ”s diversos y baratos.
En sĆntesis, la historia chilena demuestra la importancia que tienen las decisiones económicas en el progreso de un paĆs, donde la mayor apertura comercial ha derivado en niveles mĆ”s altos de desarrollo. Esta experiencia, que se replica en muchos otros paĆses, debiera fortalecer la convicción de que la presión competitiva desde el exterior conlleva a una asignación mĆ”s eficiente de los recursos productivos e impide la obtención de rentas monopólicas, lo que se traduce en significativos beneficios para la población.
Siempre habrĆ” que lidiar con algunos sectores de la izquierda que aĆŗn no han entendido esta lección, pero resulta alarmante que el lĆder de una de las economĆas mĆ”s libres y abiertas del mundo estĆ© tambiĆ©n abrazando estas ideas y que aleje la polĆtica económica estadounidense de su tradicional planteamiento de liberalización e internacionalización de su mercado. Es un camino errado donde solo habrĆ” perdedores, tanto para los americanos como para el equilibrio global.
Columna de Susana JimĆ©nez,Ā Subdirectora de PolĆticas PĆŗblicas deĀ Libertad y Desarrollo, publicada hoy en La Tercera.-