Bastaron cien mil manifestantes en las calles -algo asĆ como 1% de los afiliados de las AFP- para el lanzamiento de una nueva campaƱa populista: acabar con el actual sistema previsional y reemplazarlo por uno de reparto, semejante al que imperó antes en Chile. La retroexcavadora no descansa y esta vez podrĆa ir contra uno de los pilares estructurales de nuestro modelo de desarrollo.
PodrĆa haberse esperado que el escandaloso "jubilazo" de GendarmerĆa -ejemplo de las injusticias habituales en un rĆ©gimen de reparto- hubiese confirmado la superioridad del sistema de capitalización individual. De hecho, en la marcha aludida se vocearon consignas contra el flagrante abuso. Pero no ha ocurrido asĆ: ideólogos y polĆticos de izquierda parecen haber visto en este episodio una demostración del vasto y fĆ©rtil campo para la repartición de favores que les abrirĆa la reestatización de la previsión.
La aritmĆ©tica previsional es ingrata. Quien quiera mantener durante 20 o mĆ”s aƱos de retiro un nivel de vida semejante al de su vida activa no puede pensar en ahorrar solo el 10% de su sueldo. Nuestro sistema exige dicha cotización como mĆnimo, pero no es suficiente y deberĆa ser complementada con ahorros voluntarios o una jubilación mĆ”s tardĆa que la edad mĆnima legal. TambiĆ©n ayudarĆa que la rentabilidad redituada fuese mĆ”s alta, aunque el 4% real anual obtenido por los fondos desde 2010 no estĆ” nada de mal. En lugar de abogar por el fin de las AFP, los crĆticos del sistema deberĆan promover reformas que eleven los ahorros voluntarios u obligatorios, que incrementen la competencia entre las administradoras de los fondos y que expandan las opciones de inversión rentable y diversificada.
En cambio, la experiencia enseƱa que los sistemas de reparto -en los que la jubilación se financia con la contribución obligatoria de los trabajadores activos- pagaron buenas pensiones, sin excesivas tasas de cotización, solo mientras la población adscrita creció rĆ”pido. Pero ya no. Frenada la expansión demogrĆ”fica en Europa -y en Chile serĆa semejante-, para pagar pensiones cercanas al 60% de las Ćŗltimas rentas no ha quedado sino elevar las cotizaciones al 25% del sueldo, retardar la edad de retiro o apuntalar las pensiones con onerosos aportes fiscales. Por eso es demagogia pura y dura sostener que para mejorar nuestras pensiones, debamos regresar al anacrónico sistema de reparto.
Claro que los US$ 160.000 millones que administran las AFP, a ojos de los demagogos, pueden parecer un botĆn irresistible, que podrĆa financiar un jubilazo masivo y mucho mĆ”s. Pero, ademĆ”s del descalabro económico que ello ocasionarĆa, requerirĆa previamente expropiar los ahorros depositados en las AFP por diez millones de afiliados en sus cuentas individuales. Sembrar ese temor no solo es pĆ©sima receta económica, sino tambiĆ©n polĆtica: hay diez millones de votantes para decir que no. OjalĆ” alguien tome nota de ello.
Columna de Juan AndrƩs Fontaine, Consejero de Libertad y Desarrollo, en El Mercurio.-