
La economía no repunta, y de hecho la expansión del PIB de 2,2% en el período enero-abril se explica casi en su totalidad por un aumento de 8,6% real del gasto público. Es cierto que el escenario internacional se ha deteriorado, no obstante, por segundo año consecutivo Chile crecerá a un ritmo bastante inferior al del mundo, y también muy por debajo del promedio de las economías emergentes. La historia reciente demuestra además que con buenas políticas el crecimiento mundial no es una restricción para tener buenos resultados económicos en nuestro país. El crecimiento mundial estimado para este año de 3,4%, es equivalente al que enfrentamos entre 1986 1997, lapso en el que Chile se expandió a una tasa promedio de 7,6% por año.
La clave es entonces el manejo político y económico interno, como estarían mostrando los análisis del Banco Central en su último IPoM. Existe en el país un serio problema de expectativas, que sólo puede resolverse con liderazgo político y con reformas que consideren que sin crecimiento económico no hay avance posible en términos de mayor bienestar para la población. Es inevitable culpar al radical programa de gobierno de este negativo golpe a las expectativas. No se trata de demonizar los cambios, sino de lo insólito que resulta el planteamiento de una institucionalidad fracasada, considerando que Chile ostenta el muy valioso récord de ser la economía occidental de mayor crecimiento del PIB per cápita en los últimos treinta años.
El país se ha visto afectado por una serie de reformas profundas sustentadas en slogans, con serios problemas de diseño, cuyos efectos negativos han sido reconocidos por técnicos de todo el espectro político. Está vigente ya un sistema tributario con muy escasos incentivos al ahorro y la inversión, y además tremendamente complejo. Se aprobó también una reforma educacional de elevado costo fiscal, pero sin impacto positivo en la calidad de la educación. Está por aprobarse una reforma laboral que no sólo tendría efectos negativos en productividad y crecimiento, sino que además puede empeorar la empleabilidad de los trabajadores vulnerables. Y entre otros cambios, se pretende implementar una gratuidad discriminatoria en educación superior, que tampoco favorece en nada la calidad de la educación superior.
En definitiva, el fuerte estímulo fiscal y monetario del último año y medio ha sido como “la semilla que cae en los pedregales”, brota, pero como no tiene raíz ni agua, se seca y muere. Faltó finalmente “regar los brotes verdes”, pero no con discursos de la importancia del crecimiento ni con cambios de ministros. Mientras no se reconozca, al menos en forma implícita, que el programa de gobierno tiene un claro sesgo anti-crecimiento, se hace difícil un cambio importante en las expectativas. No se trata de no hacer reformas, sino de avanzar en un camino de consensos técnicos y políticos, fórmula cuyo éxito se ha demostrado con creces en estos años.
Columna de Cecilia Cifuentes, Economista Senior de Libertad y Desarrollo, publicada en Voces de La Tercera.-