
En lo que dice relación con la formación docente, hay consenso en la necesidad de mejorar el nivel tanto de quienes ingresan a estudiar, como de los programas mismos de Pedagogía. Para esto se ha planteado un aumento de la selectividad al ingreso y el establecimiento de filtros adicionales durante y al final de la carrera. Si bien la evidencia no considera que este tipo de instrumentos sean eficaces en identificar a quienes serán mejores docentes en el futuro(1) , hoy en Chile tenemos más de 200 mil profesores ejerciendo en el sistema, y no parece haber espacio para los 90 mil que están estudiando, por lo que pareciera que barreras de entrada de este tipo al menos contribuirán dejando fuera a los peores postulantes. En adelante, la acreditación de los programas de Pedagogía, en la medida que se modernice e incluya información relativa a las expectativas futuras, podría ser una herramienta potente para ir cambiando el panorama de sobreoferta actual.
En lo relativo a la carrera docente propiamente tal, se habla de la posibilidad de implementar programas de inducción para nuevos docentes, generar incentivos para atraer candidatos de buen desempeño a escuelas vulnerables, y mejorar las condiciones laborales de los profesores, elevando sus remuneraciones tanto al comienzo como durante la carrera, y aumentando las horas no lectivas para una mejor preparación de las clases y más tiempo para la organización y la colaboración entre profesores y con los apoderados.
Ahora bien, lo que todavía no está claro -y la más posible razón por la que el proyecto no ha sido presentado aún y el Gobierno sigue trabajando en él-, son los criterios que se utilizarán para determinar los incrementos salariales durante la carrera. ¿Se le entregará a los directores la gestión efectiva de los docentes, es decir, las decisiones respecto a la contratación, ascenso y desvinculación? Ésta es una de las definiciones clave a la hora de concretar la nueva Carrera Docente.

1.Kane, Rockoff y Staiger (2006); Cantrell y Kane (2013); Meltzer y Wössman (2010).
2. Hanushek et al. (2005), Kane y Steiger (2012), y Cantrell y Kane (2013).
3. Muralidharan y Sundararaman (2009); Glewwe, Ilias y Kremer (2010); Lavy (2015).
Ahora bien, la forma en que se mida el desempeño también será clave. ¿Avanzará este proyecto hacia una nueva medición de desempeño, basada quizás en el valor agregado en los aprendizajes de los alumnos, que esté en manos del director y de la escuela?, ¿o se seguirá con una evaluación docente como la actual, cuyo componente principal es la grabación de una clase, y que apenas considera al director y su equipo?
Para conocer la respuesta a estas interrogantes tendremos que esperar la presentación del proyecto; a partir de éste sabremos si lo que viene será más de lo mismo, es decir, un Estatuto Docente ampliado, o si de una vez por todas nos sobrepondremos a las desconfianzas en que fue concebido este sistema, y se entregarán las responsabilidades a quiénes debieron tenerlas desde el principio.
Columna de María Paz Arzola, investigadora del Programa Social de LyD, publicada en Voces de La Tercera.-