
Me refiero primero a una reforma tributaria que desincentiva en forma importante el ahorro y la inversión, condiciones necesarias para el crecimiento económico. Dado que Chile quedó con una tasa de impuesto corporativo superior al promedio de los países desarrollados, no sería extraño ver que no sólo disminuyan las inversiones, sino que algunas empresas empiecen a optar por desarrollar sus proyectos en países más ventajosos.
Se suma también una reforma educacional que además de no hacer nada por mejorar la calidad de la educación que reciben los más vulnerables, lleva a una menor competencia entre establecimientos y tiende a dar el monopolio a la educación estatal, actualmente la más rezagada en términos de calidad, si se dejan fuera algunos establecimientos emblemáticos. Estos últimos, que constituían un importante incentivo al esfuerzo para los escolares de menores ingresos, también se ven afectados por esta idea de “sacar los patines” a los que van más rápido. En definitiva una reforma educacional que nivela hacia abajo, otro freno al desarrollo.
A esta lista se sumará este año una reforma laboral que retrotrae nuestra legislación hacia esquemas de hace 50 o 60 años, otorgando a los dirigentes sindicales el monopolio de las relaciones entre empleadores y trabajadores. Se verá así enormemente dificultada la posibilidad del empleador de premiar el esfuerzo individual, e incluso de favorecer a áreas de una empresa más productivas. En un contexto en que efectivamente el sueldo depende del poder negociador de los dirigentes sindicales y no del desempeño de cada trabajador, inevitablemente el incentivo al esfuerzo se ve castigado. Pero no sólo eso, el mensaje que esta reforma laboral entrega a un emprendedor es que si su negocio es exitoso, serán los líderes sindicales quienes definan la distribución de las ganancias, y si fracasa, el costo será asumido por él en su totalidad. Sin duda se afecta entonces el surgimiento de nuevas empresas, clave en el desarrollo económico.
Por último, el objetivo de instalar en Chile la noción de que todos tenemos derecho a recibir una serie de bienes y servicios en forma gratuita, independiente de niveles de ingreso y del mérito que hagamos, también apunta a esa sociedad paternalista en que nuestro bienestar no depende de lo que hagamos para lograrlo, sino de la bondad del Estado. Nuevamente el esfuerzo individual, causa última del desarrollo, se ve castigado.
Bajo mi percepción, sin duda que todo lo anterior nos llevará a un menor ritmo de crecimiento y, por ende, a menor bienestar para todos. En el mejor de los casos podríamos lograr una cancha más nivelada, pero hacia abajo.