LECCIONES DE FRANCIA

 

 

Jose-F-GarcíaLas balas disparadas en Charlie Hebdo no sólo costaron doce vidas y buscaron dañar libertades civiles preciadas para la democracia liberal, sino que, como lo dibujara con lucidez –y preocupación– el brasilero Carlos Latuff –entre decenas de caricaturistas que alrededor del mundo rindieron su tributo–, atravesaron dicha sede física para estallar en una mezquita situada justo detrás. Y es que, al igual como ocurriera en París hace más de cinco siglos en uno de los juicios importantes de brujería que se recuerden en Europa, el riesgo de demonizar en Francia –y en otras partes del mundo– y levantar hogueras contra los migrantes musulmanes hoy parece alto. Afortunadamente, la salida de miles de parisinos a las calles gritando “¡No tenemos miedo!” puede ser interpretado en su mejor luz como una acción civilizatoria ante la barbarie. Y, por supuesto, ante quienes piden el retorno al oscurantismo.

Lo anterior es especialmente cierto de cara a los debates de la última década en torno a la migración y la identidad francesa, debate que la ultra derecha de los Le Pen han utilizado con particular habilidad, sacando tajadas jugosas a los temores de los sectores populares y, por qué no decirlo –siguiendo al escritor y psicoanalista italiano Luigi Zoja– explotando la paranoia de millones.

Asimismo, y como han observado de manera aguda Eric Posner y Adrian Vermeule, dos destacados juristas norteamericanos, respecto de las reacciones de la dirigencia política frente a episodios que generan conmoción en la opinión pública, parece difícil que Francia escape al ciclo vicioso de restricción irracional a las libertades civiles que podría comenzar. Lo anterior, especialmente cuando se está considerando este atentado como el más grave después de los de Atocha y Londres. En efecto, este ciclo está marcado, primero, por la exigencia al gobierno de actuar enérgicamente, que el Congreso asienta y que los jueces fallen de forma deferente. Cuando la emergencia decae, los jueces comienzan a actuar más estrictamente y la opinión pública se vuelve más crítica. Retrospectivamente la actuación del gobierno se verá injustificada y se criticará al Congreso y a los jueces por su deferencia. El Congreso responderá pasando leyes más garantistas, limitando las potestades administrativas existentes y el Poder Judicial buscará encontrar algún tipo de rectificación respecto de quienes fueron originalmente condenados. En estos tiempos de normalidad, los expertos escribirán que lo ocurrido en el pasado fue anómalo. Luego, tras un nuevo acto terrorista, el ciclo se vuelve a repetir. Así, la tensión entre dos valores preciados -las libertades civiles y la seguridad- se maximiza en estos tiempos de emergencia, dado que, como sostiene Richard Posner, las sociedades “no son pactos suicidas”.

Las lecciones que se pueden extraer para Chile en estos dos ámbitos –evitar la explotación de la paranoia frente a la migración y lograr un adecuado balance ante actos de terror entre libertades civiles y seguridad–, son significativas. Estamos a tiempo de tratarlas con el tono de políticas de Estado y no en la guerrilla en la que a veces se convierten los debates de la política ordinaria.

 

Columna de José Francisco García, Coordinador de Políticas Públicas de Libertad y Desarrollo, publicada en La Tercera.