CAMBIO AL SISTEMA ELECTORAL, UNA LEGISLACIÓN TRASNOCHADA

JORGE RAMIREZ 2014La maratónica sesión de más de 20 horas para modificar el sistema electoral binominal trasciende lo anecdótico, develando entre gallos y medianoche los pasajes más oscuros del nivel de nuestra deliberación política-parlamentaria. Lo que superficialmente pareciera ser una buena noticia, sin desconocer por tanto la oportunidad que suponía superar el binominal, desnuda una forma de hacer política que poco sabe de razones y se orienta más bien por emociones.

Por un lado, el inquebrantable contingente legislativo de la Nueva Mayoría se propuso zanjar en cuestión de una noche un asunto de total relevancia para nuestra democracia. Esta convicción de cambio no constituye una falta per se; por el contrario, incluso podría evaluarse como una señal de diligencia por parte del legislador de turno. Sin embargo, cuando en aras de la voluntad transformadora, aquel ímpetu es capaz de nublar todo sentido de autocrítica el costo paradójicamente lo termina asumiendo nuestra democracia.

Debe saber el lector que los puntos más cuestionados de la tramitación fueron, en primer lugar, las inconsistencias en la asignación de los nuevos escaños adicionales (recordemos que se pasa desde 120 a 155 diputados y de 38 a 50 senadores). Legítimamente, la oposición insistió en que parecían insólitas aquellas situaciones como la del nuevo distrito de Iquique, al que con 222 mil electores se le asignan 3 cupos, versus el nuevo distrito de Copiapó, que con 221 mil electores (menos electores) se le asignan 5 cupos, sólo por citar uno de los más emblemáticos ejemplos de las malas asignaciones.

La respuesta del oficialismo fue persistir en el voluntarismo apelando al silencio. Luego, respecto de una redacción confusa del sistema de asignación de escaños, la oposición presentó una indicación que, sin alterar el cambio al sistema binominal propuesto por el Ejecutivo, permitía en propia voz del Servicio Electoral una mejor operatividad de los tribunales calificadores de elecciones y una salida más democrática que el simple azar frente al caso de empates electorales. Siendo sinceros, ni el Ejecutivo sería menos transformador por aprobar aquella moción, ni la oposición frenaría el inevitable cambio al sistema binominal con su aprobación. Se trataba de un matiz técnico, mas no por eso irrelevante, pero el Ejecutivo rechazó aquella indicación en bloque sin mayores justificaciones.

Como tercer punto, astutamente, el ministro Peñailillo logró obtener los votos bisagra de la bancada de independientes y Amplitud, a cambio de modificaciones en la ley para la constitución de partidos políticos regionales con la mitad del número de firmas requerido en la actualidad. Con esta legislación aprobada, se llegará a la insólita situación de que menos de 100 personas podrán constituir un partido político, situación compleja atendiendo al carácter presidencialista de nuestro ordenamiento institucional y a los riesgos de fragmentación de nuestro ya alicaído sistema de partidos políticos. Esta situación fue advertida inclusive por los propios senadores de la Nueva Mayoría, pero como lo que debía primar era el cambio a toda costa, e imponer la lógica del acuerdo oportunista y no de la disposición pertinente, de todos modos se dio por aprobado.

Luego, parece necesario aclarar que muchas de las dinámicas propias del binominalismo, tales como candidatos con bajas votaciones que resultan electos, seguirán aconteciendo e inclusive es probable que aumenten. Mal que mal, la lógica de la asignación bajo la fórmula D´Hont se mantiene, sólo que con más escaños a repartir.

Finalmente, es cierto que para corregir la desigualdad del voto que existía en el sistema binominal y dar algún “seguro” a los parlamentarios que debían votar el cambio a las reglas del juego bajo la cual ellos resultaron electos, no quedaba otra salida política que aumentar el número de parlamentarios. Sin embargo, deberá saber el lector que existían otras propuestas, que con el respaldo de senadores de la hoy oposición y también de la Nueva Mayoría (Walker, Tuma y Rossi), con aumentos significativamente menores de parlamentarios corregían de un modo más eficaz dicha desigualdad del voto. Pero nuevamente, estas fórmulas fueron completamente desechadas por el oficialismo.

Así las cosas, es evidente que reconociendo la necesidad de renovar el sistema electoral, el cambio deja más sombras que luces. Se trata entonces, de una legislación trasnochada.

 

Columna de Jorge Ramírez, Coordinador del Programa Sociedad y Política de LyD, publicada en Voces de La Tercera.-