REPRODUCIMOS LA COLUMNA DE MARILY LÜDERS, DIRECTORA DE COMUNICACIONES DE LYD, PUBLICADA EN EL LÍBERO

¿Tan normal es que a uno le llegue una lluvia de miguelitos a plena luz del día? No, no es nada normal, pero estamos crecientemente anestesiados ante la delincuencia y, peor aún, ya nos estamos convenciendo de que no hay gobierno ni plan que vaya a funcionar. Conversamos del tema todos los días, todo el tiempo -¿quién no ha comentado un asalto con el vecino o con el compañero de oficina o hasta con la cajera del supermercado?– pero con una cierta distancia, como protegiéndonos de creer que estamos en un ambiente violento. Y cuando nos empieza a dar angustia, no falta el que dice “oigan, en México o Brasil es mucho peor”, como si el hecho de que en otros países secuestren gente en la calle sirviese de algún consuelo para la gente que asaltan con violencia en nuestro país. O peor, cuando las mismas policías y autoridades judiciales le bajan el perfil: hace un par de años me robaron dos autos enteros seguidos en un año y un carabinero me dijo “mejor no salga más en la noche señora, puro problema”.
Tiramos la toalla hace ya rato. Ni siquiera el tema es atractivo para lucir al nuevo ministro del Interior, que por estos días parece sacar cuentas de que transformarse en kamikaze contra el ex Presidente es más lucrativo políticamente que sacarle punta al anuncio de plan ciudadano que hizo el miércoles pasado. De hecho, el plan pasó no a segundo, sino que a cuarto plano de la agenda después de las tensiones de la reforma educacional, la tributaria, el frenazo económico. Tampoco fue un tema en la campaña presidencial de diciembre pasado y los asesores repetían convencidos que “ya nadie cree las promesas en delincuencia” para explicar por qué el tema que lidera las preocupaciones de los chilenos en todas encuestas valía bien poco como arma electoral.
Curioso es que olvidemos que la primera (y quizás la más insustituible) razón de ser del Estado es resguardar nuestra seguridad física de la violencia externa e interna y que no se lo dejemos pasar con tanta pasividad. Irónico también es que en este tema pocos se acuerdan de la desigualdad, como si no fuera evidente que los sectores más acomodados pueden organizarse para tener guardias privados y costear rejas con cerco eléctrico, mientras que en los barrios más necesitados no queda otra que encerrarse en las casas cuando oscurece.

Mi hermano me cuenta que tiene uno de los miguelitos en el escritorio de su oficina, recuerdo de que se salvó de una buena. La realmente buena sería que de una vez empezáramos a exigirle al Estado lo que le corresponde y lo sacáramos de esa creciente madeja de exigencias en la que está hoy enfrascado.