NO PERDAMOS EL FOCO

A CONTINUACIÓN, REPRODUCIMOS LA COLUMNA DE LA DIRECTORA DEL PROGRAMA LEGISLATIVO DE LYD, NATALIA GONZÁLEZ, EN VOCES DE LA TERCERA.

Se ha abierto la discusión sobre la conveniencia de llevar a cabo una reforma tributaria como la propuesta al país por la Presidenta Bachelet en momentos en que la economía se desacelera. Sin embargo, desde nuestro punto de vista, la pregunta es ¿cómo afectará la reforma tributaria planteada por este gobierno a los trabajadores, a la clase media y los emprendedores? ¿Mejorará la reforma la inversión en capital humano? Ese es el debate que debemos tener. Cuando señalamos que la tasa de inversión actual es insuficiente para crecer al 5% o al 6% y para alcanzar niveles cercanos al 28% del PIB -que nos permitiría acercarnos al desarrollo-, lo hacemos para llamar la atención sobre una cuestión de la mayor relevancia: en la medida que nuestro país no crece o crece a tasas menores y no invierte, se estrechan las posibilidades para que las personas mejoren su calidad de vida y mantengan niveles de empleo similares a los actuales.

¿Contribuye la reforma tributaria planteada a vigorizar nuestra economía y, en consecuencia, a promover el emprendimiento y una mayor prosperidad para las personas? Las señales que a la fecha son conocidas, no son alentadoras. Diversas de las propuestas planteadas en el programa de gobierno de la Presidenta Bachelet son más bien distorsionadoras al elevar la carga tributaria, aumentando el costo de capital de las empresas y al reducir la disponibilidad de fondos internos de aquellas para financiar sus proyectos de inversión. Ello es especialmente sensible para los pequeños emprendimientos. Por cierto, la respuesta definitiva deberá darse una vez que conozcamos la iniciativa que ingresará al debate parlamentario y tras su estudio en detalle. Los pormenores no dan lo mismo.

La pregunta también podría ser abordada desde un punto de vista de los objetivos de la propuesta tributaria. Uno de sus principales fines es mejorar la calidad de la educación de nuestros niños y jóvenes. Si los recursos recaudados se invierten en formación de capital humano para el desarrollo, el balance resultaría positivo desde muchas aristas. Precisamente es el foco en la calidad del gasto, en la inversión en iniciativas socialmente rentables, y no en el instrumento (impuestos), lo que contribuye a emparejar la cancha. El asunto radica entonces en dilucidar si las políticas públicas orientadas a mejorar la educación lograrán mayor calidad.

A la fecha, lo que ha trascendido en materia de educación tampoco es muy confortante. Si se implementa la promesa de gratuidad en la educación superior, de acuerdo a los análisis que ha efectuado Libertad y Desarrollo, el 41% de los recursos terminaría financiando los estudios de jóvenes provenientes de los hogares pertenecientes al 20% más acomodado y un 9% de esos recursos al 20% más vulnerable. Otro tanto ocurre en relación con la eliminación del financiamiento compartido, en que en lugar de destinar los recursos públicos a los alumnos prioritarios, se estarían entregando considerables  sumas a familias que de todos modos estaban dispuestas a gastar recursos propios en la educación de sus hijos. Por ello, nuevamente los detalles no dan lo mismo y será crucial que en el debate de la reforma tributaria no se pierda el foco.