LA HORA DE LA VERDAD

A CONTINUACIÓN, REPRODUCIMOS LA COLUMNA DE NUESTRO CONSEJERO JUAN ANDRÉS FONTAINE, PUBLICADA HOY EN EL MERCURIO.

Esta vez no se movió el piso durante el cambio de mando, como cuatro años atrás con las alarmantes réplicas del 27-F. Pero, un temblor nada de despreciable aparece sacudiendo las expectativas sobre la economía. Terminadas las celebraciones, la Presidenta Bachelet y sus ministros habrán de abocarse a ver cómo adaptar su programa al abrupto cambio de ciclo que la economía nacional parece estar empezando a vivir.

En su discurso inaugural, la Presidenta reiteró las tres piezas centrales de su programa de campaña: nueva Constitución, educación gratuita y reforma tributaria -esto es, más impuestos- para pagar la cuenta. Pero no adelantó detalles, manteniendo en ascuas tanto a los partidarios de ellas como a sus detractores.

Hasta ahora, el propósito del nuevo equipo parece ser granjearse el apoyo de la calle y ahorrase conflictos con el poderoso populismo estudiantil u otros sectores radicales. Mal que mal, ya se han fagocitado a dos subsecretarias recién designadas. Sin embargo, un bajón de la economía puede ocasionar inconvenientes políticos aún mayores.

Si a la paralización de la inversión le sigue el aumento del desempleo; si la devaluación del peso da lugar a un alza del costo de vida; si la inflación termina haciendo más onerosa la deuda de los hogares, entonces, más temprano que tarde, las inefables encuestas marcarán un vertical descenso de la aprobación presidencial, y la Nueva Mayoría -unida casi tan solo por la popularidad de la que goza su líder- entrará en serios aprietos.

Por eso tiene toda la razón el flamante piloto de Hacienda, Alberto Arenas, en plantear que su primera misión es hacer que la economía chilena vuelva a tomar altura. Pero eso requiere reformular un programa de gobierno diseñado bajo el supuesto que el alto crecimiento estaba asegurado y que lo que correspondía entonces era priorizar la redistribución de ingresos con más impuestos y gasto público. En verdad, nunca lo estuvo.

El gobierno del Presidente Piñera echó a andar una notable ola de emprendimientos e innovaciones, pero mucho quedó en planes y proyectos inconclusos. El giro adverso que se perfila en el horizonte de la economía mundial -con un cobre más bajo e intereses más altos- hace más necesario que nunca retomar y reforzar esa agenda de crecimiento y competitividad. Pero ese objetivo no parece compatible con el apego irreflexivo a un programa que contempla cambios constitucionales contrarios al derecho de propiedad, aumentos del control estatal que coartarían, por ejemplo, la libre iniciativa en educación, y que deposita sobre los hombros de los emprendedores un fuerte incremento de la carga tributaria y regulatoria.

En lugar, entonces, de intentar empujar las medidas prometidas a toda carrera, convendría que el gobierno hiciera un alto y seleccionara qué es hoy de verdad lo más urgente y prioritario. El proyecto constitucional y la reforma educacional, mientras no se aclare satisfactoriamente su contenido, solo alimentan la incertidumbre y la desconfianza. La reforma tributaria puede reformularse y graduarse, de manera de contribuir al financiamiento del programa sin perjudicar tanto la inversión y la pequeña empresa, fuente de los nuevos empleos. Con un efectivo impulso gubernamental para superar los cuellos de botella que en energía, infraestructura y competitividad están limitando nuestra capacidad de crecimiento, el gobierno de la Nueva Mayoría podría reanimar las expectativas empresariales y la actividad económica. Los nuevos titulares de Economía, Energía y Medio Ambiente pueden desempeñar un rol clave en ello.

Ejerciendo una oposición inteligente, la Alianza debe exigirle al nuevo gobierno la visión y capacidad de liderazgo necesarias para mantener a Chile en la ruta del desarrollo.