BACHELET: GABINETE AL SERVICIO DEL PROGRAMA

A CONTINUACIÓN, REPRODUCIMOS LA COLUMNA DE JOSÉ FRANCISCO GARCÍA, COORDINADOR DE POLÍTICAS PÚBLICAS DE LYD, PUBLICADA HOY EN PULSO.

Michelle Bachelet ha dado a conocer su gabinete. Más allá del análisis general en torno a la composición del comité político o los diversos equilibrios que han sido considerados –a nivel de partidos, a nivel de sensibilidades (moderados y radicales), la inclusión del PC, un recambio generacional combinado con algunos liderazgos políticos probados- parece relevante evaluar en esta materia, dos aspectos que poco o nada han sido considerados: primero, la dimensión vinculada a la implementación del programa de gobierno propuesto -extraordinariamente ambicioso- aunque todavía ambiguo en los detalles; y, segundo, si estamos ante un gabinete que buscará o no alcanzar acuerdos en el Congreso Nacional con la futura oposición para sacar adelante su programa.

El nuevo gabinete nace en un contexto particular que se relaciona con los reacomodos internos de poder al interior de la Nueva Mayoría y el tipo de posicionamiento estratégico que están definiendo los partidos de ésta: estamos ante un verdadero cambio de “controladores”. En efecto, si el eje articular en la Concertación estaba marcado por el pacto PS y DC –y si miramos las fuerzas internas al interior de ambos partidos como el acuerdo “MAPU-Martínez”–, pacto que, por lo demás, fuera catalogado recientemente por el senador Rossi (PS) como uno “anti-natura”, hoy el eje central debiese pasar al pacto PS-PPD.

Lo anterior es relevante porque a pesar de que se ha puesto énfasis en la presencia de una serie de “rostros” nuevos y el que pareciese ser el factor confianza o lealtad ante Michelle Bachelet más que a la coalición, el nuevo gabinete refleja ese reacomodo de fuerzas y de controladores. Y aunque este primer segundo gabinete de Bachelet en la forma vuelve a parecerse bastante al diseño que presentara en marzo de 2006, marcado por los “rostros nuevos” y el sello ciudadano, en el fondo parece existir el propósito de avanzar en las transformaciones profundas prometidas.

En efecto, existe una apuesta eminentemente ideológica, y en sus primeras declaraciones, los flamantes ministros futuros así lo han dejado entrever. Los nombramientos de Alberto Arenas en Hacienda, Nicolás Eyzaguirre en Educación, y Ximena Rincón en la Segpres, bajo la atenta mirada del sorpresivo futuro Ministro de Interior y Seguridad Pública, Rodrigo Peñailillo, son una señal en ese sentido, sobretodo cuando se han comprometido para los primeros 100 días de gobierno, por ejemplo, el envío al Congreso de los proyectos de ley “para una Gran Reforma Educacional” y el que crea dos nuevas universidades públicas regionales en Aysén y O’Higgins, o, bien, el proyecto de reforma tributaria.

Y es que es difícil que Bachelet tenga unos primeros meses de “luna de miel”:  los 50 compromisos de Bachelet, contra reloj, tensionarán ab initio la relación gobierno-oposición, entre otras razones, porque la propia centroderecha deberá marcar una identidad nítida –de lo contrario pasará a la irrelevancia–. Ello tendrá impacto respecto de la estrategia que adopte la Nueva Mayoría en materia de acuerdos en el Congreso: ¿evitar negociar con la centroderecha como bloque e ir buscando votos marginales por temas y votaciones particulares, o por el contrario, buscar acuerdos amplios con líderes institucionales que puedan alinear a los partidos y a la coalición en su conjunto? Probablemente terminará siendo algo intermedio.

Y es que a pesar de que la Nueva Mayoría cuente por sí sola con las mayorías suficientes para aprobar todo excepto las reformas constitucionales, son importantes las señales que han dado Rodrigo Peñailillo y Ximena Rincón de abrir un razonable espacio de diálogo y búsqueda de acuerdos con la principal fuerza opositora. No será, en todo caso, producto de la importancia de que su concurso le da estabilidad a las reformas en el tiempo, que es un objetivo que cualquier administración desea llevar a cabo, sino de uno diferente: sin este espacio de apertura, se hace difícil pavimentar el camino para la reforma constitucional, que requiere del concurso de la centroderecha no sólo para darle estabilidad sino legitimidad.