LO QUE NOS ESTÁ FALTANDO

A continuación reproducimos la columna de Cecilia Cifuentes, investigadora del Programa Económico de LyD, publicada en El Mercurio:

No es novedad. Chile nunca había estado tan cerca como ahora de la ansiada condición de país desarrollado. Abundan en esta situación las recetas para lograr la meta, junto con cuestionamientos razonables de si ese debería ser el objetivo a buscar. Necesitamos más energía y a menor costo, mejor calidad de educación, incorporar más jóvenes y mujeres al mercado del trabajo, políticas más eficaces de capacitación laboral, un sistema regulatorio más eficiente, y suma y sigue. Pero detrás de todas esas medidas, son también condiciones de comportamiento las que permiten lograr la combinación deseable de un mayor ingreso per cápita junto con mejor calidad de vida y, finalmente, mayor bienestar social.

Luego de pasar unos días en un país desarrollado, pude constatar que nos está faltando un elemento muy poco considerado en los análisis: mayor respeto hacia el otro. En ese aspecto, aún nos separa de esos países un trecho importante. Abunda en Chile el criterio de buscar la propia ventaja, sin pensar en el daño a terceros. Se mira como una hazaña robarse las toallas de un hotel o los chocolates de un supermercado, comprar copias pirata de libros, música y películas, adelantarse en la fila.

Un mayor respeto al otro evitaría, por ejemplo, que luego de cada fin de semana sea necesario retirar decenas de toneladas de basura de los parques de la capital. O que existan abusos hacia los consumidores. O trabajadores "sacando la vuelta". Llevaría también a pagar los salarios que corresponden al esfuerzo y productividad de los empleados. No solo en la faceta productiva es favorable ese respeto al otro: en las relaciones sociales lleva a un mejor comportamiento de los alumnos, debido respeto al profesor y al resto de los compañeros, como también a profesores que preparan y se perfeccionan en los contenidos. Genera también un uso responsable del medio ambiente, en consideración a las generaciones futuras. Mejoraría además el nivel y los resultados de las discusiones políticas. En términos económicos, podríamos llamar a esto "internalizar" al otro en mi toma de decisiones.

Este cambio de comportamiento tiene una contrapartida positiva en números: estudiantes más disciplinados, trabajadores más productivos, mejores servicios de las empresas y, finalmente, un mejor funcionamiento de los mercados. Somos seres humanos imperfectos, y las fallas seguirán existiendo, pero bastaría que dejáramos de buscar pequeñas ventajas a costa del otro para que aumentaran el ingreso y también la calidad de vida de la sociedad.

¿Y cómo se logra ese mayor respeto? La familia es el pilar en la formación de hábitos positivos, pero los programas de educación y los medios de comunicación pueden jugar un papel muy importante. Estamos, además, en un año electoral, en que abundan eslóganes y frases vacías. ¿Sería imposible pensar en que todos los candidatos, vengan de donde vengan, aprovecharan la oportunidad para incluir en sus campañas la idea del respeto al otro?