El concepto de un individuo titular de derechos fundamentales inalienables es tal vez el elemento esencial de la modernidad. El surgimiento del pensamiento liberal es la culminación de un largo proceso de emancipación del individuo de la tradicional servidumbre al grupo. Eso lleva a un relajamiento del control estricto que habían ejercido antes los grupos colectivos: las comunidades, la familia, los gremios, la costumbre, la ley y la autoridad sobre su autonomía. Es un movimiento esencialmente occidental que trata de proteger al ser humano de las restricciones arbitrarias externas que impiden la realización de todo su potencial. Así, surge la idea de que todo individuo, al margen de su pertenencia a un grupo, de su religión, de su posición en la estructura social o económica, de su raza o su género, es esencialmente igual a otro, tiene una importancia radical y es moralmente responsable como persona individual. Esto implica que por primera vez es acreedor de derechos que son iguales para todos y, en consecuencia, todos iguales ante la ley. En este sentido, quizás por primera vez, se piensa en los colectivos como organismos sin una entidad propia que pueda avasallar por sobre los individuos que los componen.
En los tiempos premodernos, los individuos divididos en colectivos, cada uno con una serie de derechos y obligaciones diferentes entre sí, tenían poco ámbito para decidir en forma autónoma aspectos tan importantes como, por ejemplo, dónde vivir o viajar, en qué oficio trabajar, qué bienes producir o con quién poder intercambiar el fruto de su trabajo. Incluso, en temas tan personales como qué religión profesar, qué opiniones podía expresar, qué libros podía leer o con quién podía contraer matrimonio, eran determinados por la colectividad más que por la voluntad propia de los contrayentes. Todos estos derechos que unos gozaban y otros no, no se consideraban consustanciales a los individuos, sino que radicaban en entidades colectivas, en el estamento al cual se pertenecía, en el gobierno, los gremios, la Iglesia, las comunidades o el pueblo o ciudad en que habitaban.
Es así entonces, que uno de los logros más importantes de la modernidad es un concepto de libertad entendido como autonomía e independencia, garantizada por un conjunto de derechos y la posibilidad de vivir la vida de acuerdo a su voluntad y deseos, sin estar sometido a la coacción arbitraria de otros. Con ello se estima que la persona humana adquiere su verdadera dignidad. Esto, porque es el individuo y no el grupo el que piensa, crea el conocimiento y es el sujeto de una preocupación ética o moral. Más aún, es sólo un individuo libre, que pueda elegir entre distintas opciones, entre el bien y el mal, entre el egoísmo y la solidaridad, quien puede ser sujeto de una identidad moral.
Esta disyuntiva entre colectivismo y libertad individual no es un problema sólo de interés académico y eruditos. Por el contrario, los mayores desafíos de la humanidad en el siglo XX y en la actualidad tienen como columna vertebral este enfrentamiento entre dos visiones antagónicas. La justificación del colectivismo es que los seres humanos deben perseguir el mayor bien para el mayor número de personas y, en aras de aquellos, debe sacrificar sus intereses personales y el de muchos y ello, a cualquier costo. Esta premisa subyacía en las doctrinas colectivistas, tanto del comunismo, como del nazismo y es hoy día eje central en la discusión constitucional en nuestro país. Así, tanto el nacional socialismo como el comunismo sacrificaron a millones en aras de lo que algunos determinaban como el bien común, así fuera el triunfo de la raza aria o el imperio del proletariado. Este bien varía de acuerdo a los tiempos y a las ideologías; generalmente se supone que es percibido sólo por algunos iniciados en la verdad y la luz, los cuales se arrogan la capacidad de determinar lo que es mejor para el resto. Es un bien, en consecuencia, que usualmente no es escogido por las personas ni por la suma de las voluntades individuales, sino que es preconcebido e incuestionable, por lo general inamovible, y que puede ir desde "la salvación eterna" hasta las peores formas de tribalismo, clasismo, nacionalismo, racismo o sexismo. En todos estos casos, se echa mano a la coerción para alcanzar estas formas supuestamente más elevadas de la libertad.
Es así como el concepto del mayor bien para el mayor número de personas ha sido instrumental en justificar las peores atrocidades.
En definitiva, la noción de “derechos colectivos” significa que estos pertenecen al grupo y no a los individuos y, por lo tanto, sólo a algunos, pero no a otros. Esto, por cierto, contraría dos principios fundamentales de la sociedad abierta y el concepto de la ciudadanía universal clásico: en otras palabras, la igualdad ante la ley y la individualidad de la persona humana como entidad principal de cualquier organización. Como sostiene Roger Scruton, la “práctica por la cual individuos de algún grupo “históricamente desfavorecidos” son admitidos a ventajas de las cuales otros son excluidos”[1], es un desafío a la idea de que existen derechos humanos universales que le pertenecen a cada persona por su calidad de individuo e implica el abandono del principio de igual trato para todos y la creación de un sistema en que las ventajas y desventajas son distribuidas, no de acuerdo a la pertenencia a la raza humana, o a la calidad de ciudadano, si no en virtud de la pertenencia a un grupo específico.
¿Significa esto que hay una dicotomía irreconciliable entre el respeto al individuo y el bien del conjunto de la sociedad? Por el contrario, en la medida en que estos derechos son universales e iguales para todos, benefician a todos los integrantes de la sociedad. Es más, no existe un conflicto intrínseco entre la búsqueda del interés propio y el bien común, pues muchas veces al perseguir el primero se producen beneficios para la comunidad. Individualismo y egoísmo no son sinónimos y parte del “interés propio” es el bien de todos los integrantes con los que nos toca vivir, en la certeza de que alcanzamos nuestra libertad plena dentro de una sociedad libre e igual para todos.
El presente texto fue elaborado por Lucía Santa Cruz, Consejera Emérita de Libertad y Desarrollo. Corresponde a una sección del Informe de Coyuntura Política N°4 - Junio 2022.
[1] Scruton, Roger (2015). Fools Frauds and Firebrands: Thinkers of the New Left.