
Las nefastas políticas de segregación racial se aplicaban sobre una condición de la persona, como lo era el color de la piel, por la cual esta quedaba sometida a un trato desigual e injusto. Comparar estas prácticas con otorgar más oportunidades a los alumnos que han sobresalido en sus estudios a raíz de un esfuerzo personal o familiar para ingresar a establecimientos que les permitan aprovechar todo su potencial académico, en un sentido de equidad, no solo es absolutamente desproporcionado, sino que raya en lo ofensivo. Se puede entender que no se comparta el sentido de justicia que hay detrás del proyecto, pero es responsabilidad de quienes dirigen la discusión hacerlo con la debida altura de miras.
Carta de María Trinidad Schleyer, abogada Programa Legislativo de LyD, publicada hoy en El Mercurio.-