El Consejero de Políticas Públicas
El 24 de enero pasado se conmemoraron los 50 años desde que el Reino Unido despidió a uno de los más grandes líderes y estadistas de la política mundial del siglo XX. Ocasión propicia, para leer la b
iografía de Churchill, escrita por el gran historiador británico Paul Johnson, testigo privilegiado de la época y autor de numerosos textos históricos y biográficos. Pero no sólo su muerte me inspiró a leer esta magnífica obra sino porque también se trata de un personaje que dejó enormes lecciones, especialmente para los jóvenes, a lo largo de su longeva vida.
"Sir Winston" no sólo es visto por Johnson como el líder que condujo con éxito a su país durante la II Guerra Mundial, sino que también se destacan otras facetas de su multifacética vida: el hijo, padre, esposo, estudiante, soldado, político, historiador, artista y escritor (recibió el premio Nobel de Literatura en 1953). El libro narra cómo fue capaz de superar una difícil niñez, de aprovechar con fuerza y pasión cada una de las oportunidades que se le presentaron, de atreverse, de gozar el éxito y, quizás lo mas importante, de dejar atrás y superar el fracaso (se le atribuye buena parte del fracaso de la batalla de Galípoli o de los Dardanelos, en Turquia, durante la I Guerra Mundial). Él era consciente de sus fortalezas y debilidades, lo que demostró en cada uno de los múltiples roles que le tocó desempeñar, especialmente en los dos períodos en que ejerció como Primer Ministro (1940-1945 y 1951-1955). Se transformó, en alguna medida, en el rescatista, baluarte y reservorio de la moral y orgullo británico, en un período en que el Reino Unido vivía una profunda crisis.
Pocos, por no decir ninguno, de los líderes del siglo pasado hizo tanto por preservar la libertad, la democracia y los valores occidentales en el mundo como Churchill. No se trata de desconocer los aportes que hicieron por estos valores otros grandes presidentes o primeros ministros como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y el mismo San Juan Pablo II, cuyos legados son visibles hasta el día de hoy, pero el personaje detrás de esta biografía es simplemente único: sus sentido del humor, discursos y oratoria, entre otros atributos, contribuyen a que Winston Churchill haya ocupado un sitial prominente en la política británica y mundial por más de 60 años.
Pero lo más interesante del libro son los rasgos personales que fueron moldeando al gran "Bulldog Británico" -como lo bautizaron los soviéticos-, rasgos de liderazgo que cualquier líder de hoy quisiera tener. Son un legado propio de quien vivió una vida intensa y variada. La primera lección que nos deja, según Johnson, es que siempre hay que aspirar o apuntar a lo mas alto. Aunque no siempre alcanzó sus ambiciosas metas, apuntando alto siempre consiguió algo que merecía la pena. ¡Y vaya que llegó alto! Una segunda lección que nos deja es que nada reemplaza al trabajo perseverante. A juicio del autor, toda persona que detenta un alto cargo debería estudiar el adecuado balance entre los espacios de trabajo y de ocio y recreación que Churchill logró mantener. Era capaz de tomar importantes y difíciles decisiones, en jornadas de 16 horas diarias, y luego trabajar en el jardín de su casa d
Después de leer el libro comprendí el por qué Johnson no destacó una cualidad o rol especial del personaje: es imposible limitarse a una sola característica o atributo de su vida, tal como lo hizo con las biografías sobre George Washington y Napoleón. La multiplicidad de roles de Sir Winston, y su intensa y variada vida, no dejaron espacio al autor para privilegiar un aspecto o personalidad por sobre otro. El autor cuenta que las últimas palabras de Churchill fueron "Estoy aburrido con todo" y luego agregó "El viaje ha sido agradable y ha valido la pena hacerlo". Frente a esa notable despedida, lo mas justo y adecuado era titular el libro simplemente "Churchill".
Finalmente, debo confesar que me hice la pregunta que muchos de ustedes deben estar haciéndose: ¿En qué me parezco a Churchill? Afortunadamente encontré algo en común: ¡nuestra declarada aversión por las matemáticas! No es mal comienzo ¿No?