
Los intelectuales de izquierda, desde fines de los 90 y de forma orgánica desde el 2011 -cuando los líderes estudiantiles se divertían jugando una y otra vez con los egos de aquellos que en lucha fratricida buscaban ganar desesperadamente su afecto-, vienen planteando una nueva versión de la doctrina del pueblo elegido. Se trata de una formulación antigua que surge de la forma tribal de vida social (asignar importancia suprema a la tribu, sin la cual el individuo no significa nada en absoluto) y de una promesa redentora. Paradigmas actuales los encontramos en el programa de gobierno (las tablas de la ley) y la imagen “cristológica” de Bachelet, como certeramente ha descrito un icónico Alberto Mayol.
El “nueragate” nos recuerda que la tan prometida batalla contra los poderosos de siempre, el privilegio, el abuso y el lucro, puede ser llevada a cabo cómodamente desde un Lexus descapotable, haciéndose “una pasada” de $ 2.500 millones, y teniendo como ejecutivo de cuenta nada menos que al vicepresidente del banco. La Superintendencia de Bancos, en la opinión legal más rápida y contundente de su historia, descartó cualquier posible irregularidad. En fin, una operación a la mano de cualquier chileno: inclusiva.
Y cómo olvidar que antes de este caso tuvimos la reforma educacional. ¿Qué dice la letra chica de la reforma? No se aplicará a los colegios en los cuales mayoritariamente tienen a sus hijos los intelectuales y dirigentes políticos de izquierda que lideraron la reforma. Dichos niños no serán parte del experimento educacional. Desde el primer momento, la elite de izquierda protegió esos patines -con propulsión a chorro-, bajando eso sí de sus patines, en aras de la igualdad cósmica, a los hijos de la clase media chilena, aquellos de “familias seducidas por ofertas de colegios inglés que sólo tienen el nombre en inglés y que por $ 17 mil le ofrecen al niño que posiblemente el color promedio del pelo va a ser un poquito más claro”. Incapaces de tomar decisiones racionales respecto de la educación de sus hijos al llevarlos a establecimientos particulares subvencionados, dichos apoderados debieron ser sacados de su error, reeducados por el Estado mediante las enseñanzas de Sofía.
Como sostiene Octavio Paz, la fe revolucionaria se parece a la religiosa: no importando los horrores que cause, las convicciones de los fieles no variarán. Pero hay esperanza: una mayoría que crea más en sí misma que en los experimentos racionalistas de la elite de izquierda con sus vidas.