"Se ha convertido en un lugar común afirmar que habría una contradicción en sectores de la derecha que, por un lado, son reacios a la intervención estatal en materias como economía o educación, y por otro apoyan restricciones estatales a la autonomía personal en temas como eutanasia o aborto. Álvaro Fisher y José Francisco Covarrubias expresan esta crítica en una columna reciente en defensa de la eutanasia. Lo mismo hace Axel Kaiser, en una entrevista a Reportajes del diario La Tercera. Por cierto, la tesis de la contradicción se circunscribe a contrastar el ámbito económico y social (donde la derecha adoptaría una posición) con el ámbito valórico (donde adoptaría la opuesta). Los críticos, curiosamente, nunca extienden su crítica al ámbito del orden público, en el que la derecha es en general partidaria de, por ejemplo, otorgar más atribuciones a policías y fiscales—más autoridad al Estado y menos autonomía a quienes son sujetos de persecución penal—.
Pero lo selectiva de la crítica no es su mayor problema. La acusación de contradicción me parece insostenible intelectualmente. Por de pronto nadie ha mostrado con precisión dónde está la contradicción. Una contradicción tiene una forma precisa: sostener P y no P en el mismo momento y bajo el mismo respecto. El problema de afirmar dos proposiciones contradictorias es que ambas no pueden ser verdaderas, y, por lo tanto, al menos una de las proposiciones es falsa. Si la derecha afirmara tesis contradictorias, afirmaría al menos una tesis falsa. Los críticos liberales, frente a una supuesta contradicción, asumen que se debe abandonar la tesis contraria a las ideas liberales. Era que no. Lo riguroso sería revisar ambas.
Pero antes de decidir qué tesis se rechazará, habría que estar seguro de que la contradicción existe. Me parece que no existe tal contradicción. Es cierto que la derecha exige en muchas ocasiones más participación del Estado, y que tal participación consiste en muchos casos en limitar el arbitrio de particulares. Pero en esto no hay necesariamente una contradicción con tesis liberales de derecha, porque ningún liberal cree que el Estado no debe imponer nunca límites a la acción de los particulares. El mismo funcionamiento del mercado necesita reglas que imponen límites importantes al actuar de las personas (no apropiarse de los bienes de otro, no engañar en ciertas actuaciones, etc.), y una importante burocracia estatal (tribunales, registros de propiedad, policía, etc.). El caso de la eutanasia y del aborto son interesantes, porque en ambos casos sus detractores las entienden como una forma de homicidio. De ser así, entonces estos casos cabrían dentro de lo que cualquier liberal entiende es el rol mínimo del Estado: la sanción penal de actos que atentan directamente contra la vida de las personas. Si esta comprensión de dichos actos es correcta o no, es parte del debate de fondo sobre estos temas. Pero no se puede asumir a priori que hay una contradicción con tesis liberales.
Un problema de la discusión es que el crítico no ha definido qué es lo que entiende por liberal. Por ejemplo: quien afirma la tesis de la contradicción podría decir que en el caso de la eutanasia el rol del consentimiento es determinante. Un liberal, podría argüir, atribuye al consentimiento un valor tal que haría una excepción a la sanción penal normal cuando la víctima consiente en el hecho. Esta es una concepción más precisa de liberalismo que sí se opone a ciertas posiciones de sectores de derecha. Pero es importante consignar que esta concepción del liberalismo es una posición más bien radical y marginal. Es la alternativa más problemática en la vieja discusión sobre los límites del consentimiento. ¿Puedo venderme como esclavo? ¿Como gladiador? ¿Para ser comido por un caníbal? El argumento de John Locke (uno de los padres del liberalismo) sobre por qué uno no puede venderse como esclavo, es que la vida es indisponible, pues no pertenece a uno: si no se puede cometer suicidio, tampoco se puede uno vender como esclavo. Se dirá que ésta es una tesis de inspiración cristiana. Ese no es el punto. Lo que interesa es que la concepción que ve en el consentimiento algo absoluto, implica aceptar posiciones bien radicales, y que está lejos de ser la única forma posible de entender el liberalismo. Cuando la derecha es, en algún sentido, liberal, no lo es en el sentido de adoptar la tesis radical. Por lo tanto, no incurre en contradicciones por el solo hecho de adoptar posiciones incompatibles con esta tesis.
Existen varias maneras de justificar el rol limitado del Estado en materias como economía o educación. Muchas de ellas no son incompatibles con que el Estado limite ciertas conductas de particulares, tanto en la economía como en otros ámbitos. Por ejemplo, quien piense que el Estado es torpe a la hora de generar riqueza y de asignar bienes, y que la forma más eficaz de realizar esas tareas para que todos los ciudadanos sean más ricos es mediante un sistema de libre empresa y libre intercambio, tiene buenas razones para oponerse a la intervención del Estado en la economía. Pero de ahí no se sigue nada sobre si el Estado debería permitir, por ejemplo, la eutanasia. Esa misma persona puede pensar que es justo que en una sociedad se prohíban absolutamente ciertas conductas que son en sí mismas injustas, y que la mejor manera de reforzar esas prohibiciones (a diferencia de la creación y asignación de riqueza) es mediante la acción del Estado. No hay contradicción entre esas dos posturas. No hay nada de exótico en pensar que los principios que rigen un ámbito de la vida no son los mismos que los que rigen otro; o que, cuando los mismos principios rigen dos ámbitos distintos, lleven a conclusiones distintas frente a hechos distintos.
Más aún: quienes tienen una preocupación por la libertad de las personas pueden también reconocer que existen otras cosas valiosas, además de la libertad —la paz, el conocimiento, la belleza, el orden público, la familia, y, por cierto, la justicia—. Incluso pueden pensar, como Burke, que la misma libertad depende para su subsistencia de que existan en la sociedad “otras cosas buenas”. Que es insensato mirar todos los problemas desde una sola óptica, con una sola métrica. Que es falso que el bien de la sociedad se reduzca a realizar lo máximo posible una sola propiedad (libertad). Esta visión plural del bien de la comunidad tampoco implica una contradicción. No hay contradicción en reconocer la importancia de dos cosas que pueden estar, en los hechos, en tensión —en reconocer la complejidad de un problema, y en comprender que hay más de una cosa importante en juego—.
En nada de esto hay una contradicción. Quizás esto explique no sólo que muchas personas de derecha (en Chile y fuera de él) puedan ser partidarios de reducir la acción del estado en algunas cosas, y aumentarla o mantenerla en otras; sino también que en la izquierda exista la misma tensión, pero de forma invertida, sin que nadie haga escándalo. Si esto es así, habría que concluir, a diferencia de los críticos, que buena parte del mundo político de Occidente no ha cometido un error de lógica básico".
Columna de Francisco Javier Urbina publicada en Revista LYD.-