- En tanto, un 8% se relaciona con aumentos del ingreso autónomo no proveniente del trabajo, un 7% producto de políticas estatales redistributivas, un 22% con el aumento en los ingresos que se imputan a quienes son propietarios de su vivienda y un 5% con cambios demográficos que han llevado a disminuir la cantidad de personas dependientes en el hogar.
- La desaceleración económica y el aumento del desempleo en la última década estarían debilitando el aporte del mercado laboral a la reducción de la pobreza. Entre 2013 y 2022, los ingresos provenientes del trabajo perdieron dinamismo, aunque aun así explicaron el 79% de la disminución de casi 8 puntos porcentuales registrada en ese período. Con todo, el empleo continuó siendo el factor central en la caída de la pobreza durante esos años.
En el quinto capítulo del libro “De la medición a la acción. A 50 años del mapa de la extrema pobreza en Chile”, de Libertad y Desarrollo y la Fundación Miguel Kast, Juan Luis Correa analiza cinco componentes que pueden alterar la condición de pobreza de un hogar cuando ella se mide a través de los ingresos necesarios para un nivel de consumo de ciertos bienes esenciales: (i) cambios en el mercado laboral, (ii) cambios en el ingreso autónomo no laboral, (iii) redistribución entre hogares, (iv) cambios en el precio de arriendo en el mercado de la vivienda, y (v) cambios demográficos.
Al descomponer la evolución de la tasa de pobreza en estos cinco componentes, los resultados muestran que entre 1990 2022 un 58% de la reducción de ésta está relacionado con incrementos del ingreso provenientes del mercado del trabajo. Sin embargo, los hogares de menores ingreso presentan una menor proporción de personas ocupadas, en contraste de los grupos de mayores ingresos, cuya participación laboral ha aumentado notablemente.
En tanto, la reducción de la pobreza estaría relacionada en un 8% con aumentos del ingreso autónomo no proveniente del trabajo, un 7% producto de políticas estatales redistributivas, un 22% con el aumento en los ingresos que se imputan a quienes son propietarios de su vivienda y un 5% con cambios demográficos que han llevado a disminuir la cantidad de personas dependientes en el hogar.
Es por ello que, entre los desafíos pendientes, se encuentran la persistente baja de la participación laboral en los hogares más vulnerables y la elevada informalidad entre quienes sí acceden al empleo. Esta combinación —baja participación y alta informalidad— dificulta avances sostenibles en la reducción de la pobreza mediante el trabajo.
Al preguntarse si la importancia de los ingresos laborales como mecanismo reductor de la pobreza se ha mantenido constante durante el periodo 1990-2022, Correa encuentra que la desaceleración económica y el aumento en la tasa de desempleo durante la última década podrían estar afectando al mercado laboral como fuente principal de la reducción de la pobreza.
Así, entre 1990 y el 2000 la pobreza se redujo en alrededor de 31 puntos porcentuales, siendo el componente de “otros ingresos autónomos” el con mayor contribución a esta reducción, explicando un 55% de dicha disminución. Si bien los ingresos laborales explican un 40% de la disminución de la pobreza durante este periodo, dicha contribución está muy por debajo del 58% de reducción de la pobreza que este componente explicó durante el periodo 1990-2022.
En tanto, la importancia del ingreso laboral como reductor de la pobreza creció fuertemente entre 2000 y 2013, explicando un 117% de la reducción de 23 puntos porcentuales que tuvo la disminución de la pobreza, lo que permitió compensar el impacto negativo que tuvo la caída en otros ingresos autónomos sobre la disminución de la pobreza para este periodo.
Sin embargo, los ingresos laborales desaceleraron su relevancia en la reducción de la pobreza entre 2013 y 2022, explicando un 79% de los casi 8 puntos porcentuales en que se redujo la tasa de pobreza. En todo caso, el componente del mercado laboral siguió teniendo una relevancia fundamental para la reducción de la pobreza en dicho lapso de tiempo.
Dado lo anterior, cabe responder si el incremento en el ingreso laboral de los hogares se debió a un alza en el número de miembros del hogar que realizan labores remuneradas o si se debió a un aumento en el ingreso promedio de quienes ya trabajan.
Al respecto, se establece que, para el 20% de menores ingresos, en promedio, mientras menos de un quinto de los miembros de un hogar estaba ocupado en 1990, en el 20% de mayores ingresos, casi la mitad de los miembros lo estaban. Al observar estos datos para 2022, hay un leve incremento en la proporción de ocupados en los hogares pertenecientes al 20% de menores ingresos y en el caso del 20% de mayores ingresos, más de dos tercios de sus miembros estaban ocupados.
En tanto, entre 1990 y 2022, en el 20% de menores ingresos el ingreso promedio por ocupado subió en 158%, mientras que la proporción de ocupados por hogar solo se incrementó en un 14%.
Luego, al descomponer los datos se obtiene que, de los más de 60 puntos porcentuales que baja la pobreza entre 1990 y 2022, hay un 65% que se debe a un aumento en el ingreso laboral promedio de las personas ocupadas en los hogares situados en el margen de la línea de la pobreza, lo cual muestra que la disminución de la pobreza en este periodo se explica principalmente por la mejora en los salarios promedio de los ocupados, más que por cambios en la cantidad de personas trabajando en el hogar.
De esta forma, queda establecido que el empleo ha sido el principal motor en la reducción de la pobreza en Chile, especialmente a través del aumento de los ingresos laborales en los hogares de menores recursos. Sin embargo, el mercado laboral aún presenta desafíos relevantes que limitan avances más sostenibles, como la baja participación laboral —en especial de mujeres— y la alta informalidad en los sectores más vulnerables.
Actualmente, solo el 30% de las personas en el quintil de menores ingresos participa en el mercado laboral, una cifra que ha disminuido en las últimas décadas y que es aún más baja entre las mujeres. A esto se suma el impacto de los cambios tecnológicos y de algunos beneficios sociales mal diseñados, que pueden desincentivar el trabajo formal.
En paralelo, la informalidad laboral sigue concentrándose en los hogares más pobres, lo que reduce el impacto del empleo en la superación de la pobreza y debilita la efectividad de las políticas públicas. Por ello, el desafío no es solo crear más empleos, sino asegurar que estos sean formales, con acceso a seguridad social y estabilidad. Avanzar en esta línea requiere políticas que fomenten la formalización, la capacitación laboral y el apoyo al cuidado, para permitir una mayor integración de los hogares más pobres al mercado del trabajo.