ALERTA CONCEPTUAL: DEMOCRACIA RADICAL

El concepto de democracia radical tiene múltiples fuentes e inspiraciones -desde la lucha de clases de Marx hasta el pensamiento antiliberal de Carl Schmitt-, pero encuentra su mayor representante contemporánea en la filósofa belga, Chantal Mouffe, quien, junto a su marido, el argentino Ernesto Laclau, ha sido una de las principales inspiradoras de la nueva izquierda, especialmente en sus versiones chilena y española. De hecho, uno de los términos más utilizado por la autora, “revolución democrática” -aunque también lo utilizan García Linera e Íñigo Errejón[1], entre otros- sirve de nombre a uno de los partidos del Frente Amplio.

Previo a exponer el concepto de democracia radical es necesario comprender la crítica de Mouffe a la democracia liberal. En su libro de 1993, “En torno a lo político”, Mouffe señala que “muchos teóricos liberales se niegan a admitir la dimensión antagónica de la política y el rol de los afectos en la construcción de las identidades políticas, porque consideran que pondría en peligro la realización del consenso”[2].

Reivindicando la definición de lo político de Schmitt, como el ámbito en que se enfrentan las categorías de amigo y enemigo, Mouffe se distancia del ideal deliberativo y consensual de la democracia liberal en boga durante la publicación de su libro. En efecto, esta manera de comprender la democracia era particularmente fuerte en la década de 1990, tras la caída del muro de Berlín, encontrando importantes exponentes en el pensamiento John Rawls y su “consenso superpuesto”; o de Jürgen Habermas y su defensa de la democracia deliberativa. Políticamente, esta tendencia se expresó en el surgimiento del socialismo de “tercera vía” y en el cuestionamiento de la validez del eje izquierda-derecha.

Al respecto, Mouffe afirma que la tercera vía “no es más que la justificación que realizan los socialdemócratas de su capitulación ante una hegemonía neoliberal cuyas relaciones de poder no cuestionan, y ante la cual se limitan a realizar únicamente algunos pequeños ajustes” [3]. Por otra parte, Mouffe critica el énfasis en el consenso de Rawls y Habermas, y rechaza como una ilusión la idea de que la política democrática puede organizarse sin los polos de izquierda y derecha[4]. Por supuesto, esta crítica ha calado profundamente en la nueva izquierda, particularmente en su rechazo a las posturas moderadas sostenidas en el pasado por el Partido Socialista Obrero Español o, en nuestro país, de la antigua Concertación de partidos por la democracia durante la época de “los consensos”.

En contraposición, Mouffe propone una democracia radical o, más precisamente, “agonal”, centrada no en el consenso sino en el conflicto. Para ello, Mouffe distingue el concepto de enemigo -que debe ser física o simbólicamente eliminado- del de adversario -un oponente al cual se le reconoce legitimidad-. De este modo, “el objetivo de la política democrática es transformar el antagonismo en agonismo. Esto requiere proporcionar canales a través de los cuales pueda darse cauce a la expresión de las pasiones colectivas en asuntos que, pese a permitir una posibilidad de identificación suficiente, no construyan al oponente como enemigo sino como adversario”. Con ello, Mouffe piensa que puede solucionarse la desafección de los ciudadanos con una manera de hacer política en que no hay nada en juego.

Es posible dirigir varias críticas a esta comprensión de la democracia. Con todo, es necesario precisar que, en ningún momento Mouffe defiende posiciones autoritarias o antidemocráticas, a pesar de que su pensamiento entronca en autores profundamente antiliberales como Marx o Schmitt. De hecho, la idea planteada de que la democracia debe tramitar oposiciones que son adversariales, no de enemistad, no sólo es legítima, sino fundamental para sentar las bases de la convivencia pacífica bajo un régimen democrático.

Sin embargo, Mouffe no ofrece un camino para evitar que el adversario se convierta en enemigo. En su pensamiento no se encuentra una reflexión sobre cómo fortalecer los consensos y mecanismos institucionales que evitan la deriva autoritaria a la que usualmente conduce la polarización política promovida por la “democracia radical”. Sintomáticamente, en Chile, la discusión de los 50 años del 11 de septiembre de 1973, ha estado marcada por la negativa de los sectores radicalizados a cualquier reflexión sobre las causas que condujeron a aquellos hechos.

Adicionalmente, así como parece equivocado hipertrofiar el consenso como el valor central de la democracia, la radicalización de la democracia comete el pecado simétrico, aumentando excesivamente el conflicto. La democracia, como mecanismo de solución de conflictos debe encontrar un difícil equilibrio entre ambos polos: acuerdo y desacuerdo. En Chile, el efecto más palmario de esta hipertrofia fue el resultado del primer proceso constitucional. Como señaló Ricardo Brodsky, “la Convención fue, a mi juicio, un fracaso en la construcción de un consenso, porque la mayoría optó por darse todos los gustos que se quiso dar. Esto es bien serio porque muestra a una izquierda incapaz de construir hegemonía, o sea, que se refugia en sus principios o sus valores exclusivos y excluyentes y no busca construir un acuerdo con el conjunto de la sociedad”[5].

Adicionalmente, la exacerbación del conflicto político es capaz de producir tanta o más desafección política que el énfasis excesivo en el consenso. Si el conflicto es percibido como inconducente, el ciudadano pierde interés. De hecho, este fue uno de los principales hallazgos de la iniciativa “Tenemos que hablar de Chile”, que recogió la opinión de más de 20 mil personas entre agosto del 2021 y noviembre del 2022, señalando que “en todas las instancias de diálogo aparecieron con mayor fuerza las recomendaciones de “dejar de pelear para dialogar y respetar acuerdos” y “trabajar por el bien común, no por intereses personales, ideologías o partidos”[6].

En el peor de los casos, las personas políticamente desafectadas pueden acabar abrazando posiciones puramente instrumentales de la democracia, o derechamente autoritarias, sin compromiso con el proceso eleccionario ni la deliberación racional.

En suma, el concepto de democracia radical plantea interrogantes fundamentales, no solo para el mundo de la izquierda, sino para todo aquel interesado en la democracia, con independencia de su color político. Sin embargo, la manera en que se aborda el problema -la falta de reflexión sobre cómo evitar la deriva autoritaria, la ausencia de atención a los mecanismos institucionales y la hipertrofia del conflicto político, así como el déficit de propuestas novedosas y plausibles- pueden acabar generando desafección y polarización, obstáculos tanto para tramitar conflictos como para construir acuerdos democráticos.

El presente texto corresponde a una sección del Informe de Coyuntura Política N° 16 - julio de 2023

 

[1] García Linera, A y Errejón, E, “Qué horizonte. Hegemonía, Estado y revolución democrática”, Lengua de Trapo, Madrid, 2019.

[2] Mouffe, C, “En torno a lo político”, Fondo de Cultura Económica, 2021, Buenos Aires, p.36.

[3] Mouffe, C, “La paradoja democrática. El peligro del consenso en la política contemporánea”, Fondo de Cultura Económica, Gedisa Editorial, Barcelona, 2016, p. 25

[4] Id. p. 26.

[5] Brodsky, R, “La Convención fue un fracaso en la construcción de un consenso”. Entrevistado por Joaquín Castillo. Punto y Coma N°7, septiembre de 2022.

[6] Tenemos que Hablar de Chile, “Claves desde una ciudadanía constituyente. Informe final”, Santiago de Chile, 2022.

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