A continuación, reproducimos la columna de María Paz Arzola, investigadora del Programa Social de LyD, publicada en VOCES de La Tercera.
Hoy los jóvenes que rindieron la PSU ya tienen sus resultados, con lo que podrán postular a las universidades del Consejo de Rectores y las 8 privadas no tradicionales que adscribieron a este sistema. Después de un año en que abundaron las críticas a este instrumento de selección, y en que se generó un debate en torno a la conveniencia de aumentar la ponderación del puntaje ranking, ahora a los egresados deberán aceptar los procedimientos establecidos y someterse a las normativas que les permitirán ingresar a estas instituciones y optar a beneficios financieros que se entregan usando el puntaje PSU como uno de sus criterios.
Con esto, les llega el momento de tomar una decisión sobre su futuro. En ésta es fundamental aprovechar la información disponible para resolver objetivamente qué es lo que más les conviene; existen datos sobre acreditación y proyecto educativo de las instituciones, empleabilidad e ingreso promedio de los egresados de las distintas carreras, el monto anual que se debe costear, y las ayudas financieras disponibles. En este momento también hay que ser realista frente a las propias capacidades, y entender que no hay opciones buenas o malas a priori, sino que cada una de las alternativas se vuelve mejor o peor según las propias cualidades y defectos, los gustos, el esfuerzo y las expectativas de cada uno.
Sin duda la educación es una de las mejores políticas para generar movilidad social, en la medida que entrega herramientas para que cada uno salga adelante gracias a su propio esfuerzo. Pero el partido no se jugó ahora en diciembre, o durante el año que se acaba, sino desde mucho antes, desde la enseñanza básica e incluso preescolar. Llegado el momento de optar a estudiar en la educación superior, lo ideal es que el proceso de selección sea transparente y justo, es decir, que entregue las mismas oportunidades a quienes, teniendo igual talento y habiendo realizado el mismo esfuerzo, tuvieron distintas oportunidades. Lamentablemente, una crítica frecuente a la PSU ha sido que ésta, al evaluar contenidos en lugar de habilidades –como hacía la antigua PAA-, perjudica a estudiantes de menores ingresos, que son los que asisten a escuelas que no alcanzan a ver todos los contenidos, y los técnico profesionales, que tienen un currículo distinto.
La auditoría hecha por la consultora Pearson y dado a conocer hace un año confirmó estas críticas, que venían desde la implementación de la PSU el año 2004. Y además detectó varios problemas más respecto a la concordancia entre las preguntas y los contenidos, la comparabilidad de pruebas de años distintos, el cálculo de los puntajes, la capacidad predictiva, entre otros. Si bien se hizo un esfuerzo por mejorar la prueba de este año, la mayoría de los aspectos requieren de soluciones integrales más complejas.
Es de esperar que, concluido el proceso actual, se sigan tomando cartas en el asunto, para que no tenga que pasar otro año más en que se perjudique a jóvenes que, habiendo jugado bien todo el partido, lo terminen perdiendo por problemas no presupuestados que están fuera de su control.